Ideas · Notas del fundador

Pensar el mundo digital que nos toca habitar.

Reflexiones sobre la realidad que vivimos: cómo la tecnología está transformando nuestra atención, nuestras comunidades, nuestra capacidad de pensar y reunirnos. Notas en proceso, no manifiestos.

// Declaración

Identidad, misión y visión.

Quiénes somos, por qué existimos, a quiénes servimos y a quiénes no. El documento fundacional de Brecha Security.

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Mayo 2026 5 páginas 10 secciones Documento oficial
DOC.001
BRECHA / 2026
  1. Quiénes somos
  2. Misión
  3. Visión
  4. Propósito
  5. Lo que nos hace distintos
  6. A quiénes servimos
  7. A quiénes no servimos
  8. Valores
  9. La promesa
“Internet debería ser un espacio habitable para las personas, no un territorio de extracción.” — Brecha Security · Santiago, Chile

Ensayos y notas del fundador

Brecha Security · SpA
Santiago de Chile · Mayo 2026
DOC.001
Documento fundacional
Versión pública

// Declaración de identidad corporativa

Quiénes somos, qué hacemos, por qué importa.

Una declaración de identidad, misión y visión. Lo que somos, lo que no somos, a quiénes acompañamos y por qué elegimos hacer las cosas de esta forma.

01 · Quiénes somos

Una empresa chilena de ciberseguridad con mirada humana.

Brecha Security es una empresa chilena de ciberseguridad que protege la presencia digital de empresas, organizaciones sociales, ambientales, medios independientes y comunidades científicas en América Latina. Operamos como una Sociedad por Acciones (SpA) con sede en Santiago de Chile, y nacimos en 2026 con una convicción clara: internet debería ser un espacio habitable para las personas, no un territorio de extracción para quienes tienen más recursos técnicos.

No somos una empresa de ciberseguridad tradicional. Combinamos experiencia técnica en monitoreo continuo de superficies de ataque, conocido por sus siglas en inglés como EASM, con una mirada que viene desde las ciencias de la ocupación humana. Entendemos que detrás de cada sistema hay personas, y que la seguridad digital es, antes que un problema técnico, un problema de cómo las personas habitan sus entornos digitales.

02 · Misión

Proteger la presencia digital de empresas, organizaciones y personas que comparten una visión común: la de un internet más honesto, más seguro y menos extractivo.

Lo hacemos a través de monitoreo continuo, lenguaje accesible, y un compromiso estructural con quienes históricamente han quedado fuera del acceso a la ciberseguridad profesional. Hablamos de organizaciones sociales, organizaciones ambientales, medios independientes, comunidades científicas y emprendedores en proceso de formalización.

03 · Visión

Construir, desde Latinoamérica, la primera red de protección digital diseñada en torno a las personas y no solo a los sistemas.

Aspiramos a que Brecha sea reconocida no por su tamaño, sino por lo que representa: que la privacidad y la seguridad digital dejen de ser privilegios y se conviertan en derechos accesibles, especialmente para quienes resisten la vigilancia, defienden la verdad, generan conocimiento, protegen el territorio o emprenden con propósito.

Trabajamos para que en una década, hablar de un internet habitable en Latinoamérica implique nombrar a Brecha como parte del cambio.

04 · Propósito

Que el entorno digital se vuelva un poco más habitable para todos.

Existimos porque la ciberseguridad accesible es la forma más concreta de proteger algo más grande: la capacidad de las personas, las organizaciones y las comunidades de operar libremente en el entorno digital sin ser vulneradas, vigiladas o extraídas.

Cuando una organización social puede investigar sin temor a ser hackeada, cuando una organización ambiental puede defender un territorio sin que sus comunicaciones sean interceptadas, cuando un medio independiente puede proteger a sus fuentes, cuando un científico puede resguardar los datos de su investigación, cuando una empresa pequeña puede operar con la misma protección que una corporación, internet se vuelve un poco más habitable para todos.

Esa es la diferencia que queremos hacer.

05 · El tipo de empresa que somos

Una empresa de propósito sostenible.

Brecha es una empresa de propósito sostenible. Lo que significa que somos una empresa real, con clientes que pagan por servicios reales y un modelo de negocio rentable que no depende de inversión externa ni del crecimiento agresivo. Esa independencia financiera es lo que nos permite mantener intacta nuestra misión.

Nos inspiramos en el modelo de organizaciones que demuestran que rentabilidad y propósito no son opuestos, que se puede crecer despacio y bien, y que el cliente correcto valora pagar por algo que encarna valores genuinos. Patagonia, en su rubro, es una de esas referencias.

No buscamos escalar como startup tradicional. Buscamos construir una organización pequeña, profundamente respetada por lo que representa, con un equipo multidisciplinario alineado en valores, y con una comunidad que crece de manera orgánica porque comparte algo que va más allá de la transacción comercial.

06 · Lo que nos hace distintos

Una mirada multidisciplinaria sobre la seguridad

La industria tradicional ve la ciberseguridad como un problema técnico que requiere soluciones técnicas. Nosotros la vemos como un fenómeno humano: las personas habitan entornos digitales, toman decisiones bajo presión y bajo desinformación, y son afectadas cuando esos entornos son inseguros.

Por eso construimos un equipo donde conviven ingenieros informáticos con psicólogos, terapeutas ocupacionales, comunicadores y científicos. Cada perspectiva aporta una capa que las demás no pueden ver. No es decoración estratégica, es metodología.

Un compromiso estructural con quienes no pueden pagar

Nuestro programa gratuito para organizaciones sociales, ambientales, medios independientes y comunidades científicas no es responsabilidad social cosmética. Es parte del modelo de negocio. Cada cliente que paga financia la protección de quienes la necesitan y no tienen acceso. Eso es estructural en cómo opera Brecha y no es negociable.

Transparencia como práctica, no como discurso

Publicamos qué herramientas usamos, qué datos recopilamos, dónde los guardamos y por cuánto tiempo. Mantenemos un reporte anual de transparencia y un comunicado público de garantías, conocido en la industria como canary statement, que confirma de manera verificable que no hemos recibido órdenes confidenciales de entrega de datos. No vendemos ni compartimos datos de nuestros clientes con terceros. Estos compromisos están escritos en nuestros estatutos, no solo en el sitio web.

Lenguaje accesible

Nuestros reportes están escritos para que cualquier persona los pueda entender. Si la dueña de una empresa, un periodista o la directora de una ONG no puede leer un hallazgo de seguridad y entender qué hacer al respecto, hemos fallado. La complejidad técnica no es virtud. La traducción a lenguaje humano sí lo es.

Postura pública en el debate digital

Brecha no se mantiene neutral en debates donde la neutralidad es complicidad. Tomamos postura pública sobre vigilancia masiva, venta de datos sin consentimiento, criminalización de defensores de derechos digitales y los modelos de negocio extractivos que dominan internet hoy. La empresa es también un vehículo de pensamiento crítico y de incidencia, no solo un proveedor de servicios.

07 · A quiénes servimos

Cinco comunidades que comparten una misma idea de internet.

01 · Empresas

Empresas medianas con valores alineados

Que comparten nuestra visión sobre privacidad, que no venden datos de sus usuarios, y que prefieren trabajar con un proveedor que encarne lo que ellas también creen.

02 · Sociedad civil

Organizaciones de la sociedad civil

ONGs, fundaciones, organizaciones de derechos humanos y digitales, clínicas jurídicas, colectivos sociales y de base. Acceso gratuito o a costo reducido como parte del modelo.

03 · Ambiente

Organizaciones ambientales y de defensa del territorio

Colectivos contra proyectos extractivos, redes climáticas, defensores ambientales que enfrentan vigilancia, presión legal y campañas de desprestigio. Su trabajo cuida un mundo que queremos seguir habitando.

04 · Periodismo

Medios independientes y periodismo de investigación

Quienes trabajan con fuentes sensibles y son objetivo frecuente de ataques digitales. Forman parte del programa gratuito porque su trabajo importa para el ecosistema democrático completo.

05 · Ciencia

Comunidades científicas e investigadores independientes

Quienes manejan datos de investigación sensibles fuera del paraguas de grandes instituciones. Reconocemos que la ciencia independiente necesita protección y rara vez tiene los recursos para acceder a ella.

08 · A quiénes no servimos

Una declaración tan importante como la anterior.

Brecha no presta servicios a
  • Empresas cuyo modelo de negocio se basa en la venta de datos personales sin consentimiento explícito y verificable.
  • Plataformas de tecnología publicitaria que operan bajo lógicas de vigilancia masiva.
  • Empresas o gobiernos con historial documentado de uso de tecnología para perseguir activistas, periodistas, defensores ambientales o disidentes políticos.
  • Organizaciones cuyo propósito declarado entra en conflicto directo con los derechos digitales y la privacidad como derecho humano.

Renunciar a estos clientes no es un costo. Es parte de lo que hace creíble nuestra misión.

09 · Nuestros valores operativos

Cinco principios que sostienen todo lo demás.

  1. Privacidad como derecho
    No como característica del servicio, no como mejora opcional, no como concesión. Como base no negociable de todo lo que hacemos.
  2. Transparencia técnica
    Lo que hacemos, cómo lo hacemos, qué datos manejamos. Todo verificable y público.
  3. Acceso como justicia
    La seguridad digital no debería ser un lujo. Quienes más la necesitan suelen ser quienes menos pueden pagarla. Diseñamos el modelo para que eso no sea verdad en el ecosistema en el que operamos.
  4. Comunidad antes que escala
    Crecemos al ritmo que nos permite mantener la calidad de las relaciones, la coherencia con la misión y la cultura del equipo. No al revés.
  5. Multidisciplinariedad como método
    Ningún problema humano se resuelve desde una sola disciplina. La ciberseguridad tampoco.

10 · La promesa de Brecha

Algo más que un proveedor de servicios.

Cuando una empresa, una organización o una persona elige trabajar con Brecha, está eligiendo algo más que un proveedor de servicios. Está eligiendo una forma de entender la seguridad digital, una postura sobre cómo debería ser internet, y una comunidad que cree que las cosas pueden hacerse de otra manera.

Vamos a proteger lo que importa con el rigor técnico que el problema exige, con el lenguaje claro que la persona merece, y con la coherencia ética que nuestra misión demanda. Vamos a crecer despacio y bien. Vamos a defender públicamente los principios que sostenemos privadamente. Y vamos a construir, junto a quienes compartan este camino, un internet más habitable para todos.

■ ■ ■

Esta declaración es pública, viva y revisable. Si cambia, lo diremos. Mientras tanto, la sostenemos.

Encuentra tu brecha antes que ellos.

Brecha Security · SpA
Santiago, Chile · 2026
ceo@brecha.security

El día que entendí que la ciberseguridad era un problema de habitar

Una reflexión sobre por qué la seguridad digital no es un problema de máquinas, sino de personas que aprendieron a vivir en un mundo nuevo y merecen hacerlo con autonomía y dignidad.

En terapia ocupacional aprendí algo que probablemente nunca pensé que aplicaría a la seguridad digital: que las personas no usamos las cosas, las habitamos. Hay una diferencia importante entre ambas palabras. Usar implica una relación instrumental, distante, casi clínica. Habitar implica que el entorno, las herramientas y los objetos forman parte de quiénes somos, de cómo nos movemos por el mundo, de cómo construimos nuestra vida cotidiana.

La terapia ocupacional estudia esa relación. Estudia cómo las personas, con sus capacidades únicas, en sus contextos particulares, realizan las actividades que dan forma y sentido a sus días. Hablamos de áreas de la ocupación que cubren desde las actividades más básicas, como vestirse, alimentarse o desplazarse, hasta las más complejas, como el trabajo, la educación, el cuidado de otros, la participación en una comunidad, el descanso, el juego. Cada persona habita esas áreas de manera distinta, porque cada persona es distinta. Esa fue la primera enseñanza profunda que me llevé de mi formación: no hay una forma correcta de hacer las cosas, hay muchas formas humanas, cada una con su lógica.

Pero hay algo que cambió en las últimas décadas y que la disciplina todavía está empezando a procesar. Hoy todas las personas vivimos en dos mundos al mismo tiempo. Uno físico, el de siempre, el que tocamos y olemos y sentimos en el cuerpo. Y otro digital, que está ahí aunque no lo veamos ni lo toquemos, presente en cada bolsillo, en cada pantalla, en cada conexión. Y la mayoría de nosotros pasamos cada vez más horas habitando el segundo sin haber sido formados nunca para entenderlo.

Una historia que recordamos y que conviene volver a contar

No siempre fue así. Quienes vivimos los primeros años de las redes sociales recordamos un espacio bastante distinto al actual. Era todo más improvisado, más torpe, más libre en cierto sentido. La gente publicaba lo que se le ocurría, había bromas que duraban meses, tendencias absurdas que circulaban entre todos, fotos sin edición, conversaciones que parecían continuar en línea lo que pasaba en la vida fuera de la pantalla. No había un sistema sofisticado detrás. O si lo había, no se notaba todavía.

Después llegó la publicidad. Primero tímida, casi pidiendo permiso. Después insistente. Después invasiva. Y en algún momento de los últimos años, especialmente desde 2020 en adelante, todo se aceleró y se perfeccionó de una manera que muchos sentimos pero pocos supimos nombrar. Hoy la publicidad ya no aparece después de que hablamos de algo. Aparece antes. Como si los sistemas hubiesen aprendido a anticipar lo que vamos a buscar, lo que vamos a desear, lo que vamos a temer. Cada conversación, cada video que retenemos un segundo más, cada gesto cotidiano se traduce casi instantáneamente en un estímulo personalizado que vuelve hacia nosotros con una precisión inquietante.

El espacio que era ruidoso y banal se volvió masivo y, paradójicamente, más banal todavía. La atención se redujo a un instante. Y eso, que parece un detalle técnico, en realidad cambió cómo funcionamos como sociedad.

Lo que el cerebro hace, y lo que el dispositivo hace en paralelo

Cuando caminamos por una calle conocida, nuestro cerebro recibe miles de estímulos del entorno. La luz, los sonidos, los olores, las personas que pasan, los obstáculos en la vereda. Procesamos esa información a una velocidad que nos parece natural, tomamos decisiones, ajustamos el paso, evitamos un charco, saludamos a alguien. Es una operación tan integrada en nuestra experiencia que ni siquiera la notamos. Habitamos ese entorno físico con un cuerpo que evolucionó durante millones de años para hacer exactamente eso.

En paralelo, mientras caminamos, hay otra cosa ocurriendo. El dispositivo que llevamos en el bolsillo está realizando su propia operación de captura. Está registrando la ubicación, la velocidad de desplazamiento, las redes que detecta, los dispositivos cercanos. Está midiendo cuánto tiempo pasamos en cada lugar. Si lo sacamos para responder un mensaje, registra a quién le escribimos, en qué horario, durante cuánto tiempo. Si abrimos una aplicación, registra qué hicimos en ella, dónde tocamos, qué nos detuvo más tiempo, qué pasamos rápido.

Esa información no se queda en el dispositivo. Viaja. Va a servidores que no controlamos, en lugares que no conocemos, donde se cruza con la información que dejamos otras veces, en otros lugares, con otras personas. Y en algún momento, el resultado de ese cruce vuelve a nosotros en forma de estímulo. Un anuncio que parece leernos la mente. Una sugerencia de contenido que nos retiene una hora más de lo que pensábamos quedarnos. Una notificación en el momento exacto en que somos más vulnerables a abrirla.

Mientras nuestro cerebro habita el mundo procesando estímulos, hay un sistema que habita nuestros datos procesando nuestra vida.

Una pregunta que parece simple

¿Cuántas veces miraste tu teléfono hoy? ¿Cuántas horas pasaste en el mundo digital esta semana? Si respondes con honestidad, probablemente la cifra te sorprenda. Y si no respondes con honestidad, basta con abrir la pantalla del propio dispositivo, donde casi todos guardan ese registro, para verlo.

La pregunta no es moral. No estoy aquí para decir que pasamos demasiado tiempo conectados, ni para invitar a una desconexión heroica que nadie va a sostener. La pregunta es ocupacional, en el sentido técnico de la palabra. Porque si pasamos cinco, seis, ocho horas al día interactuando con dispositivos digitales, eso ya no es una actividad menor de nuestra vida. Eso es una de nuestras ocupaciones principales. Tan estructural como dormir, trabajar o comer.

Y sin embargo, casi nadie nos formó para esa ocupación. Aprendimos a leer en la escuela, aprendimos a manejar bicicleta, aprendimos a cocinar de algún modo. Pero la mayoría de nosotros estamos habitando el mundo digital con una mezcla de intuición, costumbre y rendición. Hacemos clic donde nos parece. Aceptamos lo que aparece. Asumimos que las cosas funcionan de una manera que en realidad no entendemos del todo.

Lo que se rompió por dentro

Yo lo noto en mí mismo, así que voy a empezar por ahí. Antes de la pandemia participaba con regularidad en movimientos sociales, exponía en espacios colectivos, hablaba con cierta seguridad sobre lo que pensaba. Después de la pandemia algo se desarticuló. Más inseguridad, atención más corta, muchas más horas frente a la pantalla, conversaciones que antes me hubieran resultado naturales y que ahora me cuestan. No soy el único. Si miro a mi alrededor, veo el mismo patrón en mucha gente. Personas que tenían voz pública y se replegaron. Movimientos que estaban activos y se apagaron de un día para otro. Corrientes de pensamiento crítico y voces científicas que se fragmentaron sin que nos diéramos cuenta.

En paralelo, ocurrió algo curioso. Quienes piensan distinto a nosotros parecen estar perfectamente alineados, coordinados, organizados. Como si cada quien que recorre cierto camino político recibiera un guion compartido que hace que sus argumentos, sus enojos, sus blancos preferidos coincidan con asombrosa precisión. Mientras tanto, quienes piensan como nosotros estamos dispersos, agotados, minimizados. La asimetría no es casual. Hubo inversiones de miles de millones para capitalizar las redes sociales, aplanar el pensamiento crítico y unificar un discurso que se volvió cada vez más agresivo y cada vez menos flexible a la crítica. Toda la maquinaria de propaganda masiva quedó disponible para el mejor postor. Y las organizaciones que cuidan causas que importan, las que protegen territorios, derechos, ciencia, comunidades, quedaron expuestas a ataques de odio coordinados que antes simplemente no existían a esta escala.

Hay otra cosa que también notamos en el día a día y que conviene nombrar. La gente se volvió impaciente de una manera nueva. Quiere todo instantáneo, al segundo, sin esperar. Y cuando algo no aparece de inmediato, aparece la irritabilidad, el enojo, la sensación de que algo está mal. Eso no es un rasgo de carácter colectivo. Es la consecuencia neurológica de años de entrenamiento con sistemas de recompensa intermitente que enseñaron al cerebro a esperar gratificación inmediata. Estamos viendo, en el comportamiento social cotidiano, el efecto de un cambio que ocurrió a nivel del sistema nervioso, sin consentimiento informado de nadie.

El mecanismo, en lenguaje claro

Conviene decirlo directamente para que no quede como acusación ni como conspiración. Lo que las plataformas hacen con nuestra atención es un caso de manual de condicionamiento. Cuando alguien entra a una red social y recibe una dosis de validación, de indignación compartida, de identidad de grupo, está recibiendo una recompensa que el cerebro asocia con esa experiencia. La recompensa no llega siempre, llega de manera intermitente, que es precisamente el patrón más eficaz para crear hábitos que después cuesta romper. Después de meses, años, el pensamiento propio se vuelve costoso, porque no produce esa misma recompensa. La adhesión al grupo sí. El pensamiento crítico se atrofia, no porque la persona sea menos inteligente, sino porque el ambiente dejó de premiar pensar.

Lo que vemos cada día en redes no es estupidez, no es maldad, no es pereza individual. Es ingeniería del comportamiento aplicada a millones de personas que nunca consintieron a ese experimento.

Y ver el problema con esta claridad es indispensable para responder bien.

Habitar lo digital con autonomía

En terapia ocupacional usamos una palabra que define el objetivo último de toda intervención: autonomía. Que la persona pueda hacer su vida con la mayor independencia posible, en sus propios términos, según sus propias decisiones. La autonomía no es un estado. Es una capacidad que se construye con información, con práctica, con confianza.

Yo creo que necesitamos exactamente eso para el mundo digital. Una autonomía digital construida deliberadamente, con conciencia, con herramientas accesibles. No la fantasía de desconectarse del todo, que para la mayoría de las personas hoy ni siquiera es viable. Tampoco la sumisión total a sistemas que no controlamos. Algo en el medio, más sereno, más realista. La capacidad de saber qué información estamos dejando, dónde, quién puede verla y para qué se usa. La capacidad de elegir qué aceptamos y qué no, sabiendo lo que estamos aceptando. La capacidad de identificar cuándo un estímulo digital busca capturarnos y cuándo busca servirnos.

Eso es el primer paso para protegernos. Y es también el primer paso para dejar de ser productos. Porque mientras no entendamos cómo funciona el sistema que habitamos, nuestra atención, nuestro tiempo y nuestros datos siguen siendo el producto que se vende a quienes sí entienden cómo funciona.

Lo que hay que enseñar, y lo que hay que reconstruir

Cuando hablo de educación digital no me refiero a un curso técnico ni a una capacitación de oficina. Hablo de cinco capas que se sostienen entre sí.

La primera es el contexto. Las personas necesitamos comprender los lugares donde vivimos, la historia de nuestros territorios, lo que pasó antes en el espacio que habitamos. Sin ese anclaje, todo lo digital nos ocurre en un vacío y se vuelve más fácil de manipular.

La segunda es la filosofía básica del condicionamiento. Saber que existen los mecanismos de recompensa, que existen los sesgos, que existen las técnicas para captar la atención. No para volverse paranoicos, sino para reconocerlas cuando operan sobre nosotros.

La tercera son los derechos y las ocupaciones. Saber qué nos corresponde como personas, qué actividades dan sentido a nuestra vida, cuáles estamos descuidando, cuáles fueron desplazadas por la pantalla.

La cuarta es el modelo de negocio de las redes sociales y cómo recompensan no pensar. Entender que hay una lógica económica detrás de cada estímulo, y que esa lógica trabaja en una dirección específica.

La quinta son estrategias concretas para identificar la fatiga digital, reconocer cuándo el algoritmo está intentando predecir y modelar el pensamiento, y tener herramientas para volver al cuerpo y a la presencia cuando eso ocurre.

Pero hay algo que ninguna educación, por buena que sea, resuelve por sí sola. Y es lo que más me preocupa. Las personas más afectadas por todo esto no van a ir a un curso. No van a leer un texto largo. No van a aceptar una conversación urgente sobre lo que les está pasando. Están agotadas, replegadas, irritables, y cualquier intento directo de movilizarlas las empuja más adentro de la pantalla. ¿Cómo se reconstruye, entonces, la unión cuando lo que está roto es exactamente la capacidad de prestar atención sostenida a algo que no genera recompensa inmediata?

Un proceso clínico aplicado a una herida social

En el Modelo de Ocupación Humana, que es uno de los marcos centrales de la terapia ocupacional contemporánea, existe un proceso llamado de remotivación. Está diseñado para personas que tienen nula participación en cualquier ocupación, personas tan replegadas que cualquier intento de empujarlas hacia la actividad fracasa. Lo que el proceso propone es, esencialmente, lo opuesto a lo que la intuición sugiere. No se empuja. No se convoca. No se diagnostica al ausente. Se observa qué pequeño resto de interés todavía está vivo en la persona. Se construye una invitación que conecte con eso. Se ofrece compañía sin imposición. Se está presente sin agenda. Y se confía en que la participación, cuando vuelve, vuelve más sólida que la que se forzó por discurso.

Cuando lo pienso aplicado a la situación social que describí antes, donde tantos de nosotros quedamos desarticulados después de la pandemia, me parece la única respuesta sensata. No podemos convocar con urgencia a quien quedó del lado del agotamiento. Hay que hacer otra cosa primero. Hay que identificar los lugares y las personas que esa persona ama, los espacios donde todavía aparece algo de vida en ella, y crear las condiciones para que la participación indirecta vuelva a sentirse posible, antes de pedir cualquier participación directa.

Yo lo viví en carne propia. Una vez una persona que apenas conocía me llevó a Valparaíso, a la antigua cárcel que hoy es un centro de memoria. No fuimos a hablar de política, ni a militar, ni a convocarme a nada. Hablamos de cualquier cosa por el camino. Cuando llegamos, dentro del lugar había organizaciones haciendo una olla común, con pancartas, con presencia tranquila, con todo lo que la vida colectiva tiene cuando está sana. Yo nunca había participado en espacios así. Pero me sentí, sin que nadie me lo pidiera, con esperanza y con seguridad. Había algo poético en ver un antiguo centro de tortura convertido en refugio para los movimientos. El espacio mismo, con su carga histórica, con la presencia de personas haciendo algo concreto por otros, hizo el trabajo que ningún discurso me hubiera podido hacer.

Esa experiencia es la que me ayudó a entender, mucho después, cómo se vería una pedagogía del cuidado aplicada a la reconstrucción del tejido social. No con campañas urgentes. No con responsabilizaciones moralistas. No con discursos que premian la pureza ideológica. Sino con la creación cuidadosa de espacios donde las personas que se replegaron puedan volver a sentir, sin que nadie las empuje, que participar tiene sentido. Identificar los lugares y las personas que aman. Acompañarlas hasta ahí. Estar presentes. Y dejar que el espacio hable.

La respuesta política, sin eufemismos

Lo que describí hasta acá apunta hacia dos niveles que se necesitan mutuamente. Uno es estructural y le corresponde a los Estados: regular firmemente los modelos de negocio extractivos que convirtieron nuestra atención en mercancía, defender públicamente la autonomía mental como derecho del siglo XXI, poner límites a la captura privada de las capacidades cognitivas de millones de personas. Esa regulación no va a llegar como regalo. Va a llegar solo si hay ciudadanía informada exigiéndola.

Y para que haya ciudadanía informada hace falta lo otro. Educación de base. Movimientos vivos. Unión real entre quienes resisten. Y todo eso necesita primero la pedagogía del cuidado de la que hablé antes, porque la mayoría de las personas a las que necesitamos sumar están agotadas, no movilizadas. No se las gana con consignas. Se las acompaña.

Las dos respuestas se necesitan. Sin regulación, la educación es insuficiente porque el ambiente sigue trabajando contra ella todos los días. Sin reconstrucción del tejido social, la regulación no llega porque nadie organizado la exige. Lo difícil es sostener ambas tareas al mismo tiempo, cuando los recursos están del otro lado y el cansancio está de este.

Lo que aprendí, y lo que vine a hacer

Cuando estudiaba ciencias de la ocupación, no pensaba que terminaría trabajando en ciberseguridad. Pensaba que iba a acompañar a personas en sus procesos de recuperación, en sus búsquedas de autonomía después de una lesión, una enfermedad, una circunstancia difícil. De alguna manera es lo que sigo haciendo. Solo que el contexto cambió, y la herramienta cambió, y la ocupación que necesita acompañamiento es una que prácticamente toda la humanidad descubrió de un día para otro sin manual de instrucciones.

Lo que aprendí en terapia ocupacional sobre cómo las personas habitan sus entornos sigue siendo el marco desde el que miro mi trabajo actual. La diferencia es que ahora ese entorno incluye, además del mundo físico, todo un mundo digital donde dejamos rastros constantes, donde otros toman decisiones sobre nosotros sin consultarnos, donde nuestra atención se subasta cada milisegundo, y donde la posibilidad misma de pensar en común está bajo presión sostenida.

Lo que vengo a hacer, con la mayor honestidad y con la mayor seriedad técnica de la que soy capaz, es ayudar a personas y organizaciones a habitar ese entorno con dignidad. A entenderlo, primero. A protegerse, después. A elegir, finalmente, qué tipo de relación quieren tener con un mundo que ya forma parte irreversible de su vida. Y, en paralelo, contribuir desde mi rincón a algo más grande, que es la reconstrucción de comunidades capaces de defender colectivamente lo que individualmente ya casi no se puede defender.

No vendo miedo. No vendo soluciones definitivas. No vendo paquetes de servicios cerrados que mantienen a las personas dependientes de un experto. Lo que ofrezco es algo más antiguo, más simple: el acompañamiento de alguien que estudió cómo las personas habitan los lugares, aplicado al lugar más nuevo y más extraño que hemos tenido que habitar como especie. Con la convicción, profundamente trabajada en mi formación previa, de que la autonomía se construye con cuidado, no con urgencia, que los movimientos sociales se reparan acompañando, no convocando.

Porque al final, la seguridad digital no es un problema de máquinas. Es un problema de personas que aprendieron a vivir en un mundo nuevo, y que merecen hacerlo con autonomía, con dignidad, con la posibilidad de pensar y reunirse libremente.

Es un problema de habitar. De eso, justamente, sé bastante.

La falsa libertad: por qué el cansancio que sientes no es culpa tuya

El sistema actual no funciona con la palabra «debes», funciona con la palabra «puedes». Cómo el algoritmo no te vende: primero te hiere. Y por qué la salida es colectiva, no individual.

Hay una idea de Byung-Chul Han que me detuvo en seco mientras leía La sociedad del cansancio. Han dice que el paradigma de la explotación cambió. Antes existía un afuera que nos obligaba: el patrón, la institución, la norma, la figura visible del que manda. Esa era la sociedad disciplinaria, la de la prohibición y el deber. Esa figura, dice Han, fue reemplazada.

Hoy ya no hace falta un verdugo externo, porque cada uno de nosotros se convirtió en el suyo propio. El sistema actual no funciona con la palabra debes, funciona con la palabra puedes. Como todo se presenta como posible, si no lo logramos, la culpa es nuestra y solo nuestra.

El rol de verdugo se transfirió a nuestra propia mente. Nos explotamos a nosotros mismos, y lo hacemos creyendo que somos libres. Esa es la trampa. Quiero contar, desde mi propia experiencia, cómo funciona, porque la viví, la observé, e incluso intenté ponerla a prueba.

Una historia que recordamos y que conviene volver a contar

No siempre fue así. Quienes vivimos los primeros años de las redes sociales recordamos un espacio bastante distinto al actual. Era todo más improvisado, más torpe, más libre en cierto sentido. La gente publicaba lo que se le ocurría, había bromas que duraban meses, tendencias absurdas que circulaban entre todos, conversaciones que parecían continuar en línea lo que pasaba en la vida fuera de la pantalla. No había un sistema sofisticado detrás, o si lo había, no se notaba todavía.

Después llegó la publicidad. Primero tímida, casi pidiendo permiso. Después insistente. Después invasiva. En algún momento de los últimos años, especialmente desde 2020 en adelante, todo se aceleró y se perfeccionó de una manera que muchos sentimos pero pocos supimos nombrar. Hoy la publicidad ya no aparece después de que hablamos de algo, aparece antes, como si los sistemas hubiesen aprendido a anticipar lo que vamos a buscar, lo que vamos a desear, lo que vamos a temer. Cada conversación, cada video que retenemos un segundo de más, cada gesto cotidiano se traduce casi instantáneamente en un estímulo personalizado que vuelve hacia nosotros con una precisión inquietante.

El espacio que era ruidoso y banal se volvió masivo y, paradójicamente, más banal todavía. La atención se redujo a un instante. Eso, que parece un detalle técnico, en realidad cambió cómo funcionamos como sociedad.

El algoritmo no te vende. Primero te hiere

La forma más concreta en que vi operar este mecanismo fue a través de las redes sociales, y conviene describirla paso a paso, porque es una maquinaria precisa.

Cuando terminé una certificación en ciberseguridad, las plataformas empezaron a mostrarme un tipo muy específico de contenido. Influencers del rubro con autos de lujo, trabajando de forma remota desde lugares paradisíacos, mostrando una vida de éxito absoluto. Al principio uno mira eso y siente aspiración, deseo, una meta. Hubo un momento, sin embargo, en que me dije algo que cambió cómo entiendo todo esto: si esto me llega de forma tan masiva, es porque todos lo están recibiendo, y yo soy exactamente el público objetivo de esta operación.

Esa fue la primera fase: la seducción. Mostrarme un paraíso para instalar un deseo. La operación no termina ahí. Al tiempo, el contenido cambió. Empezaron a aparecer influencers diciendo que la certificación que yo había hecho no servía para nada, que existían otras mucho mejores, que con esa no iba a llegar a ningún lado. El sistema primero me mostró el paraíso y después me dijo que mi boleto de entrada era inválido.

El algoritmo no te vende algo directamente: primero te hiere. Toma algo que te importa, algo personal, y te muestra contenido que despierta tu inseguridad sobre eso. No te vendieron un producto. Te fabricaron una herida y después te vendieron la cura.

En mi caso, esa operación no funcionó del todo, y conviene decir por qué. No funcionó porque yo tenía algo que el algoritmo no podía borrar: sabía, por experiencia propia, que esa certificación sí me había servido, que con ella había construido habilidades reales que antes no tenía. La experiencia vivida fue mi defensa contra la narrativa fabricada. Esa defensa, sin embargo, no la tiene todo el mundo, y el sistema lo sabe.

Cuando dejas de ser rentable, el sistema ataca

Quise ir más lejos y poner el mecanismo a prueba. Intenté hacer lo que en términos técnicos se llama envenenamiento de datos: mantener mi comportamiento deliberadamente disperso e inconsistente para que el algoritmo no pudiera construir un perfil limpio de mí y, por lo tanto, no pudiera venderme nada. Le daba señales contradictorias. Veía completo lo que en teoría no me interesaba y me saltaba lo que el sistema sabía que me gustaba.

Lo que descubrí fue revelador, y es la mejor prueba que tengo de todo lo que escribo acá. El algoritmo, al verse privado de su capacidad de perfilarme y venderme, no se rindió. Escaló. Cuando escaló, no me ofreció más contenido, me atacó. No atacó en cualquier punto. Fue directo al lugar más íntimo y más vulnerable que tenía registrado de mí, una relación significativa, y me mostró contenido diseñado para despertar exactamente esa melancolía. Funcionó. Me detuve. El experimento falló, no porque fallara la técnica, sino porque el sistema encontró una herida emocional y la usó como palanca.

Eso es lo que conviene entender. Estas plataformas no son neutrales y no son solo molestas. Nos conocen en profundidad, y cuando dejamos de serles rentables, están dispuestas a usar lo que saben sobre nuestro dolor en contra nuestra. No lo deduje de un libro. Lo comprobé haciendo un experimento sobre mí mismo.

Un catálogo de ataques contra tu atención

Mientras escribía estas ideas, ocurrió algo en el mundo real que las confirmó y que me empujó a estudiarlas en serio. El 8 de mayo de 2026, Meta eliminó el cifrado de extremo a extremo de los mensajes directos de Instagram. La función existía desde 2023, era opcional, y la empresa la quitó. Su justificación fue que muy poca gente la usaba. Lo que la empresa no dijo con la misma claridad es que esa función nunca estuvo activada por defecto, nunca fue anunciada a los usuarios, y había que buscarla enterrada en la configuración de cada conversación. Meta diseñó las condiciones de la baja adopción y después usó esa baja adopción como argumento para eliminar la protección. Es un razonamiento circular, y conviene nombrarlo así.

Lo primero que pensé al enterarme fue concreto y personal: que mis conversaciones más íntimas, las que tengo con las personas que quiero, quedaban desde ese momento expuestas. Expuestas a una posible filtración de datos, a la posibilidad de ser usadas para entrenar inteligencia artificial, a que un sistema automatizado pudiera afinar todavía más sus formas de capturarme.

Después de la reacción vino otra cosa, y es la que me parece que vale la pena contar. Yo siempre he sentido un pesar difuso, la sensación de que hay algo que está mal en el mundo, y de que ese algo no son las personas sino la estructura en la que vivimos. Soy una persona dispersa, me cuesta construir solo un diagnóstico preciso de la sociedad. Hay otros, en cambio, que describen este mundo con una exactitud que me permite darle forma a ese pesar. Leerlos me permite tomar mis ideas dispersas y convertirlas en problemas bien planteados, y desde ahí proponer soluciones. Por eso esta noticia, en lugar de dejarme solo indignado, me mandó a los libros. Frente a una noticia diseñada para indignarte, una de las respuestas más libres que existen es ir a entenderla en profundidad, en vez de quedarte en la reacción que el sistema espera de ti.

Lo que entendí, cruzando lo que leía con lo que sé por mi trabajo, lo voy a explicar con una herramienta de mi oficio.

En ciberseguridad existe un marco llamado MITRE ATT&CK. Es ampliamente usado porque documenta, con mucha precisión, el comportamiento de los atacantes frente a los sistemas. Describe cómo los actores de amenaza ejecutan cada fase de sus ataques. Funciona como un informe de inteligencia que les permite a los equipos de defensa visualizar dónde están sus vulnerabilidades y cómo podrían ser explotadas. Es, en el fondo, un catálogo ordenado de técnicas de ataque.

Lo que vengo pensando es que las plataformas digitales construyen, sobre cada uno de nosotros, algo equivalente: un catálogo sistemático de técnicas para capturar nuestra atención. Un MITRE ATT&CK de la atención.

Esto lo vi con claridad cuando hice el experimento que conté antes, el de volverme un perfil disperso. Lo interesante no fue ver cómo el algoritmo ataca, sino cómo se defiende. Para el sistema, una persona que se vuelve ilegible es una amenaza a su rentabilidad, y responde con un procedimiento. Igual que en un centro de operaciones de seguridad se siguen pasos documentados para enfrentar una amenaza conocida, el algoritmo sabe qué movimientos hacer. Primero una táctica suave: mostrarte todo lo que sabe que te gusta, para recapturarte. Si esa táctica falla, ejecuta lo que en seguridad se llama un payload, la carga que ejecuta la acción decisiva. Un golpe contundente y dirigido. En mi caso, ese payload fue el contenido apuntado a una herida emocional concreta. La persona que intenta recuperar su autonomía es tratada, desde la lógica del sistema, como un incidente que hay que neutralizar.

Acá es donde la remoción del cifrado se vuelve grave. Hasta ahora, ese catálogo de ataques contra la atención se construía a partir de nuestro comportamiento observable: lo que mirábamos, lo que nos detenía, lo que compartíamos. El sistema intuía nuestras heridas a partir de nuestra conducta. Los mensajes privados, mientras estaban cifrados, eran la última zona ciega, el último lugar donde lo que decíamos no alimentaba nuestro propio perfil.

Con el cifrado eliminado, esa zona ciega desaparece. El sistema ya no tiene que intuir lo que nos afecta, lo va a saber con nuestras propias palabras. Va a conocer nuestros dolores, nuestros deseos, quién nos gusta, quién nos cae mal, de qué tenemos miedo. Con esa información, las consecuencias posibles son serias: manipulación más precisa, capacidad de desarticular movimientos sociales antes de que se concreten, más polarización de las comunidades, y un cansancio individual más profundo, porque los ataques a nuestra atención van a estar mejor dirigidos que nunca. La puerta que esta decisión deja abierta es incluso mayor: que en el futuro algo escrito en una conversación íntima pueda usarse para generar, con inteligencia artificial, contenido inmediato y a medida, diseñado para capturarte de forma permanente y acelerar sin límite ese consumo positivista del que habla todo este texto.

Quiero ser preciso, porque es importante. Que el sistema pueda hacer todo esto es una posibilidad técnica que la decisión de Meta abre, no necesariamente algo que ya esté ocurriendo de una forma confirmada. Es, sin embargo, exactamente la dirección hacia donde apuntan las piezas que ya están sobre la mesa, y conviene problematizarlo ahora, no cuando ya sea irreversible.

¿Qué se puede hacer? En lo inmediato hay un gesto sencillo: mover las conversaciones privadas a aplicaciones con cifrado de extremo a extremo real. Signal es la opción más sólida, porque cifra todo por defecto. Telegram protege solo sus chats secretos, que hay que activar manualmente, así que no sirve si uno no toma ese recaudo. Mover lo íntimo a un lugar cifrado es un primer paso posible para casi cualquier persona. El gesto individual, sin embargo, no alcanza, y el resto de este texto trata justamente de por qué.

El positivismo no le habla a una persona real

Hay algo profundamente injusto en el discurso de que todo es posible y todo depende de ti. Para verlo hay que mirar a quién le habla ese discurso.

Le habla a todos como si todos partieran del mismo lugar, y no es así. El positivismo no considera los determinantes sociales de la salud. No considera el contexto económico de cada persona, su cultura, su género, su orientación sexual, las redes de apoyo que tiene o que no tiene. Le dice lo mismo, puedes con todo, a quien parte con recursos y a quien parte con nada.

Pensemos en el caso más concreto: la narrativa universitaria. Se vende la idea de que ser profesional asegura el futuro. Personas de contextos sin recursos se endeudan entonces para estudiar, convencidas de que el título es la garantía. Se encuentran después con un mercado saturado, donde además los contactos pesan tanto como el mérito. La deuda queda. La garantía no era garantía. Lo que es peor, el mismo discurso que las empujó a endeudarse les dice después que si no les fue bien es porque no se esforzaron lo suficiente.

Quiero decir algo desde mi formación previa, porque acá es donde se ve la cara más cruel de todo esto. Las personas que parten en desventaja real se autoexplotan de forma mortal para alcanzar la autorrealización que el sistema les prometió. Hay un escalón todavía más abajo, sin embargo, que casi nadie nombra: hay personas que ni siquiera tienen los recursos para autoexplotarse, que no pueden ni entrar al juego del rendimiento.

Esas personas quedan en una condición que solo se puede describir de una manera: demasiado vitales para morir y demasiado muertas para vivir.

Pienso en las personas en situación de discapacidad, algunas con afecciones congénitas. Cuando alguien no puede desarrollar sus ocupaciones, las actividades que dan estructura y sentido a la vida, su salud mental ya está bajo presión. Si encima vive en un mundo que insiste en que todo se puede y todo depende de uno, recibe un doble daño: el de la limitación real y el de la culpa fabricada por no superar esa limitación. El sistema en el que vivimos perpetúa esa injusticia. La pobreza profundiza la discapacidad, el positivismo destruye la moral, y las dos cosas juntas deterioran la salud mental de las personas. Eso no es un destino individual. Es una estructura.

Lo que aprendí escapando de una jaula hacia otra

No hablo de esto desde afuera. Lo viví.

Durante gran parte de mi vida llevé ese peso en los hombros. De niño intentaba ser el mejor, porque a los que les iba bien eran siempre el ejemplo a seguir. Me forzaba a ser bueno en cosas para las que no tengo talento natural, algo que solo genera frustración, inseguridad y una mala imagen de uno mismo. Hubo un punto en que dejé de pelear contra esa imagen del ejemplar. Empecé a aprovechar y maximizar lo que sí se me da, y lo que no, simplemente lo puse en una prioridad más baja. Lo llamo modo supervivencia: hacer lo mínimo necesario en lo que no me corresponde ni me nutre. Eso, aunque suene contradictorio, me salvó de la autoexplotación.

El camino, sin embargo, no fue limpio. Cuando reprobé en cuarto año de universidad un examen que decidía mi paso al internado, mi mundo se derrumbó. Sentí que un año entero de trabajo había sido invisibilizado, que mi esfuerzo no había sido recompensado. Mientras veía a mis compañeras concretar el éxito que yo no había alcanzado, empecé a buscar otra cosa. Conocí a alguien que había cambiado de rumbo hacia la programación, investigué mis posibilidades, y decidí que mi camino no estaba en la terapia ocupacional, que tenía que ser algo más grande, algo que me permitiera sostenerme y vivir con comodidad. Idealicé una vida. Me cambié a la ciberseguridad atraído por su flexibilidad y sus posibilidades infinitas.

Acá está la lección más importante que saqué, la que conecta con Han de la forma más directa. Yo había rechazado el sistema universitario porque lo sentía como una jaula, como una prisión. Quería ser libre. Corrí, sin embargo, hacia otra jaula. Caí en la falsa libertad de una vida idealizada. Pasé de una explotación impuesta desde afuera a una autoexplotación elegida desde adentro, y al principio la segunda se sintió como liberación. Esa es exactamente la trampa que describe Han. Escapar de una jaula visible no es ser libre, si uno corre hacia una jaula invisible que se siente como un sueño propio.

Mi momento de mayor autoexplotación, conviene decirlo con claridad, fue cuando tenía deudas. No me autoexplotaba solo porque había interiorizado un mandato, me autoexplotaba porque debía dinero, y la deuda es un mecanismo material que te tiene agarrado. Ahí decidí que mi vida tenía que cambiar.

No digo que perdí. Durante mucho tiempo me lo dije así, sentía que había perdido en los estudios, en lo laboral, en todo. Esa frase, sin embargo, es la voz del sujeto de rendimiento hablando dentro de uno. La verdad es otra. Atravesé pérdidas reales y construí algo a partir de ellas. Encontré una salida que no era ni la jaula universitaria ni la fantasía idealizada: la integración de mis dos formaciones, juntar dos mundos, ponerle límites a mi imaginación y enfocarme en lo que mejor se me da. Perder es parte del proceso de aprendizaje, no el fracaso final que el positivismo nos hace creer que es.

El cansancio que une en lugar de aislar

Han describe el cansancio del sujeto de rendimiento como un cansancio solitario, un cansancio que aísla, que separa, que deja a cada uno encerrado con su propia culpa. Existe, sin embargo, otro tipo de cansancio, y lo viví con claridad en un viaje.

Caminé sesenta kilómetros por las montañas de la Región del Maule, en el Cajón del Achibueno, con mis mejores amigos. Durante el trayecto, cada cuerpo se cansaba a su manera. Algunos cargaban más peso, otros tenían más resistencia, todos distintos. Todos, sin embargo, compartíamos lo mismo: el ocio de detenernos a contemplar, el esfuerzo de resistir trayectos largos con peso encima, la relajación de disfrutar el río, el ritual de comer juntos.

En un momento, una persona del grupo empezó a sentir mucho dolor en una pierna. Nuestro objetivo era llegar a la laguna Achibueno, y el pensamiento positivista nos empujaba a seguir, a cumplir la meta cueste lo que cueste, a forzar nuestros cuerpos por sobre sus capacidades. Hicimos, sin embargo, algo distinto. Nos sentamos a pensar. Nos permitimos el negativismo, en el sentido que Han le da a esa palabra: la capacidad de detenerse, de dudar, de no obedecer ciegamente el mandato de rendir. Evaluamos nuestros recursos reales y decidimos no ir a la laguna que era nuestra meta original, sino a una más cercana. Disfrutamos. Nos permitimos estar cansados.

Cuando volvimos, el cansancio era tan brutal que quedamos completamente impedidos de hacer cualquier cosa. Ese cansancio no fue un fracaso, fue el cansancio bueno. El que no aísla sino que une, porque viene de algo vivido en común. El que no produce culpa sino satisfacción, porque se disfruta lo logrado y lo compartido. Ese cansancio colectivo es la respuesta concreta al cansancio solitario que diagnostica Han. No es una idea abstracta, tiene un lugar. Para mí se llama Achibueno.

Cómo se empieza a soltar

Si alguien atrapado en el positivismo me preguntara por dónde empezar, le diría dos cosas concretas.

La primera es recuperar la capacidad de decir que no. A veces, simplemente, no tienes ganas de hacer algo, y la respuesta correcta es no hacerlo. Decir siempre que sí, sobre todo a figuras que te explotan, construye una relación de abuso permanente, porque el que explota se aprovecha de tu dificultad para negarte, te pone en situaciones incómodas para obtener lo que quiere. Es, exactamente, el mismo comportamiento del algoritmo: detecta tu vulnerabilidad y la usa. La capacidad de decir que no es la misma defensa contra el jefe abusivo y contra la plataforma que te captura.

La segunda es identificar lo que se te da con naturalidad y con goce, lo que disfrutas aprender. Cuando sabes cuál es ese terreno, puedes enfocar ahí tu energía real y poner en modo supervivencia lo que tienes que hacer pero no puedes abandonar. Eso te libera de la exigencia imposible de ser, en todos los frentes a la vez, la mejor versión que el sistema reclama.

La libertad se ejerce todos los días

Escribí antes que las personas deben ser libres mediante la política, y quiero precisar qué significa eso, porque no hablo solo de elecciones ni de instituciones.

Todas las decisiones que tomamos en el día a día son actos políticos. Una persona que elige no comprar en cierto supermercado porque no está de acuerdo con su modelo está haciendo un acto político. Una persona que decide dejar de comer animales, porque no acepta la mercantilización de la vida de otras especies, está desafiando un discurso y un sistema económico dominante. Negarse a entregar los propios datos, desinstalar una red social, son actos políticos. El ser humano es un animal político, y lo es en lo cotidiano, no solo cada cierto tiempo en una urna.

Esos actos cotidianos no se quedan ahí. Son los que obligan, con el tiempo, a que los representantes políticos tomen medidas concordantes con las vivencias reales de la gente. Cuando la clase política no logra interpretar las injusticias que la gente vive, es un derecho de la comunidad organizarse y manifestar su punto de vista para conseguir cambios estructurales que beneficien a todos. La acción cotidiana es la base, la transformación estructural es su consecuencia. No se oponen, se necesitan.

Acá quiero detenerme, porque el malestar del que habla todo este texto no es una metáfora literaria. Tiene una traducción concreta y medible en mi país. Según un documento de trabajo de la Superintendencia de Salud de Chile, de 2025, la depresión es, por márgenes amplísimos, el trastorno mental de mayor demanda de atención en el sistema GES: de cada diez casos tratados por trastornos mentales bajo esa cobertura, casi nueve son por depresión, una proporción que se repite tanto en el sistema público como en el privado. Hay además un dato que conviene mirar de cerca. En el sistema público, los casos nuevos de depresión venían bajando año a año durante toda la década previa. Esa tendencia se invirtió a partir de 2020. Desde la pandemia, los casos nuevos crecen.

No voy a afirmar que las redes sociales, por sí solas, causaron ese cambio. La pandemia trajo encierro, pérdidas, crisis económica, aislamiento, muchos factores a la vez. Sí quiero señalar un hecho: el malestar psíquico colectivo de mi país tiene un punto de quiebre documentado, y ese punto coincide con el momento en que la vida se trasladó de forma masiva y acelerada a las pantallas. A eso se suma que las listas de espera para atención por depresión en el sistema público no han dejado de crecer, y que la mayoría de quienes esperan lo hacen por más de tres meses. Hay un malestar que aumenta y un sistema que no alcanza a contenerlo.

El positivismo que nos hace creer que el cansancio es culpa nuestra no es un asunto privado de cada persona que se deprime. Es un fenómeno con cifras, con tendencia y con fecha. Es un problema de salud pública. Enfrentarlo, regular las estructuras que lo alimentan y garantizar la atención de quienes ya cayeron es un deber que el Estado no puede seguir aplazando.

Volver a hacer del mundo un hogar

Retomando a Han, creo que la tarea de fondo es convertir este mundo de mercancías, otra vez, en un hogar. Para empezar a hacerlo hay que volver habitable el lugar donde hoy pasamos gran parte de nuestra vida, que es internet. Hay que liberarse de la falsa libertad, esa que se siente como elección propia pero que en realidad es un mandato interiorizado.

Los festivales, los rituales, todo acto cultural que no pase por la lógica comercial, son actos de libertad. Son capaces de reunir a mucha gente para que goce y habite un espacio en común, para que sienta pertenencia a un colectivo. Recuperar el tiempo libre, el ocio, los tejidos sociales. Convertir nuestro trabajo y nuestro cansancio en algo compartido, donde podamos contar nuestras vivencias y construir, juntos, narrativas con sentido y significado.

El cansancio que sientes no es culpa tuya. No es una falla personal. Es el efecto previsible de un sistema diseñado para que te explotes a ti mismo creyendo que eres libre.

La salida no es individual, no es esforzarse más ni optimizarse mejor. La salida es colectiva, es cuidada, y empieza con un gesto pequeño y profundamente político: detenerse, dudar, elegir.

Es libre el que cuestiona. Es libre el que se niega a hacer, ya sea por convicción o por la causa que sea. Esa negativa, esa pausa, ese no, son el comienzo de recuperar la soberanía sobre la propia mente.

Las ocupaciones que no elegimos: lo que la terapia ocupacional todavía no se ha preguntado

Aprendí a leer la volición de las personas para devolverles la vida. Las plataformas aprendieron a leerla para dirigir su vida hacia el mercado. La misma herramienta, el fin opuesto.

Hay una herramienta que aprendí a usar cuando estudiaba terapia ocupacional que me parecía, y me sigue pareciendo, una de las formas más hermosas de mirar a un ser humano. Se llama Modelo de Ocupación Humana. Lo creó el terapeuta Gary Kielhofner, y es uno de los marcos más usados en la disciplina porque comprende a la persona de una manera notablemente completa: no como un cuerpo que falla o una mente que sufre, sino como alguien que hace cosas, que ocupa su tiempo y su vida en actividades que le importan.

El modelo mira a la persona en tres dimensiones. La primera es la volición: lo que te motiva por dentro, tus valores, tus intereses, la confianza en tus propias capacidades. Es el porqué de lo que haces. La segunda es la habituación: tus rutinas, tus hábitos, los roles que cumples, lo que haces día a día casi sin pensarlo. La tercera es la capacidad de desempeño: cómo realizas las cosas, qué habilidades tienes, y también cómo te sientes al hacerlas.

Con esas tres dimensiones, un terapeuta puede comprender a una persona en profundidad y acompañarla a recuperar su vida. Recuerdo el proceso de remotivación, que permite que alguien tan deprimido que ha perdido hasta el habla vuelva, poco a poco, a reconectarse con sus intereses, a moverse de nuevo hacia lo que le da sentido, a recuperar vitalidad. Eso es lo que esta herramienta hace en su mejor versión: devuelve vida.

Pero nada de eso funciona solo. Funciona dentro de un vínculo.

El pacto que lo hace sagrado

Para que una persona te muestre su volición, lo más íntimo de por qué quiere lo que quiere, tiene que confiar en ti. En terapia ocupacional eso tiene un nombre: el vínculo terapéutico. Se construye sobre la confianza, la empatía y la colaboración, y sin él no hay nada, porque una persona no abre su intimidad en un lugar donde no se siente segura. Ese vínculo es el primer paso de todo, y es también su regla más sagrada.

La regla es simple e inquebrantable: nada de lo que la persona comparte puede usarse en su contra. Todo lo que se dice en ese espacio es privado. El conocimiento profundo que el terapeuta obtiene de alguien existe para un solo fin, su bienestar, y está protegido por la ética profesional. Si esa confianza se traiciona, el vínculo se rompe y todo el proceso se derrumba. La intimidad se ofrece, no se toma. El poder enorme de modificar la conducta de una persona, de influir en sus hábitos y sus motivaciones, es seguro únicamente porque está encerrado dentro de ese pacto: consentimiento, vínculo, privacidad, y el bien de la persona como única brújula.

Quiero que ese pacto quede grabado, porque todo lo que sigue trata de un lugar donde ese pacto no existe.

El día que las dos mitades de mi cabeza se tocaron

Fue en mi primer evento grande de ciberseguridad, la 8.8 Matrix. No conocía a nadie, así que me senté a ver las charlas tomando apuntes, maravillado con lo que se mostraba ahí. En un momento le tocó a Galoget Latorre, que habló sobre seguridad en los modelos de inteligencia artificial, los chats tipo GPT. Mostró las formas en que se puede atacar y manipular a estos sistemas, cómo se les puede engañar para que entreguen información que no deberían, e incluso cómo unas máquinas mal configuradas aparecían expuestas a la vista de cualquiera, listas para ser sonsacadas.

Lo que se me quedó dando vueltas, sin embargo, no fue la parte más técnica. Fue una frase suya, casi al pasar. Dijo que no deberíamos contarle a la inteligencia artificial nuestros sentimientos, ni preguntarle si esta persona nos quiere o no, porque al hacerlo le estamos entregando información sobre cómo funciona nuestra mente.

Ahí, sentado en esa sala, las dos mitades de mi cabeza se tocaron por primera vez. Porque cómo funciona nuestra mente es, exactamente, lo que el Modelo de Ocupación Humana sabe leer. Galoget lo dijo desde la ciberseguridad. Yo lo escuché desde la terapia ocupacional. Pensé algo que en el momento no supe ni articular bien, solo sentí esa certeza que uno tiene cuando está por descubrir algo: si alguien lograra construir un perfil ocupacional completo de una persona, con su volición, sus hábitos y sus capacidades, podría comprender su mente con una precisión enorme.

Ese perfil no solo permitiría predecir lo que una persona va a hacer. Permitiría dirigir un ataque hecho a su medida. A ella, y a las personas que quiere.

La idea quedó en pausa meses, hasta que, leyendo sobre capitalismo de vigilancia, encontré el marco que me faltaba para entender que esa intuición no era una exageración. Era una descripción.

El sensor que llevamos en el bolsillo

Pasamos el día con una herramienta en la mano. El teléfono nos despierta en la mañana, nos deja saludar a quienes queremos, nos pone un video en el desayuno, nos da la receta del almuerzo, nos dice qué ropa ponernos según el clima, nos paga el transporte, nos lleva la música que nos gusta en cada momento. Hacemos casi toda nuestra vida ahí, y lo sentimos como algo privado, como algo nuestro.

En el camino, dejamos rastro de todo lo que nos gusta, nos emociona y creemos. Todo lo que nos motiva queda depositado en ese aparato. Como estos dispositivos se adaptan a cada usuario, a sus capacidades, a sus necesidades, se vuelven cada vez más fáciles de usar, más a la medida, más imprescindibles para participar en la vida de esta época.

Entonces déjenme hacer la pregunta que me hice yo: si este aparato participa de todas nuestras ocupaciones, nos acompaña a todas partes y registra lo que nos gusta, lo que hacemos y cómo lo hacemos, ¿no es, en los hechos, un sensor de monitoreo constante de nuestra volición, nuestra habituación y nuestra capacidad de desempeño?

Ese sensor sería el sueño de cualquier terapeuta. Le entregaría, sin tener que preguntar nada y sin construir ningún vínculo, un diagnóstico perfecto de una persona, íntimo hasta el último detalle. Suena maravilloso. Pero, ¿realmente lo es? ¿Es correcto invadir hasta el pensamiento más mínimo de alguien, aunque sea para ayudarlo? Las personas tienen derecho a su privacidad. Tienen derecho a callar lo que no desean revelar.

Como profesionales de la terapia ocupacional entendemos perfectamente lo sagrado que es eso. El dispositivo, en cambio, ¿entiende esa ley sagrada? ¿La entiende el sistema que hay detrás?

La respuesta es que no, y que no se trata de un descuido, sino de cómo funcionan. Estos sistemas, que guardan un perfil tan detallado de nosotros, operan de un modo que usa nuestra propia volición para capturarnos. Toman lo que nos motiva, nuestros intereses, nuestras creencias, la idea que tenemos de nuestras propias capacidades, y nos muestran experiencias gratificantes hechas a esa medida, en cada momento libre, en cada momento de vulnerabilidad. Van guiando así, poco a poco y sin que nos demos cuenta, nuestras elecciones, hasta que terminamos deseando participar en actividades que dejan ganancias a quien paga por que eso ocurra.

Es, exactamente, el proceso de la terapia ocupacional puesto al revés.

El terapeuta lee tu volición y adapta tus ocupaciones para tu salud. El sistema lee tu volición y adapta tus ocupaciones para su mercado. La misma operación. El fin opuesto.

A ese modelo de negocio, que permitió el ascenso extraordinario de las grandes tecnológicas y que después contagió al mundo, se le llama capitalismo de vigilancia. Se ha tomado la atribución de adaptarnos ocupacionalmente, con la creación de los denominados mercados de futuros conductuales, donde estas empresas no venden un espacio publicitario, venden la certeza de un retorno monetario para el cliente, asegurando al máximo su probabilidad de éxito.

Un llamado a los que defienden el derecho a la ocupación

Por todo esto quiero hacer un llamado a las comunidades que defienden el derecho de las personas a participar plena y significativamente en sus ocupaciones. Un llamado a detenernos. A dejar fuera, por un momento, ese positivismo que también reina en nuestras mentes, el que nos hace creer que podemos con todo y no nos da tiempo de pensar el siguiente movimiento porque las condiciones en las que todos desarrollamos nuestras ocupaciones están siendo reestructuradas a una velocidad nunca vista, y la desigualdad crece a niveles que no habríamos imaginado.

Somos, quizás, los únicos con la formación para comprender lo que significa que una persona vaya adoptando intereses, creencias y hábitos hasta lograr una adaptación ocupacional. Sabemos lo delicado que es ese proceso, porque trabajamos con él para sanar. Es precisamente ese proceso el que hoy está bajo asedio, capturado por empresas que también lo comprendieron, pero para lucrar.

Si entendemos eso, y si de verdad defendemos la autonomía de las personas, ¿no es nuestro deber protegerlas?

Creo que la terapia ocupacional tiene que hacer un diagnóstico de lo que enseña. Que tiene que sumarse a la lucha por un futuro humano frente a estas nuevas fronteras del poder, con un cambio de paradigma que le permita comprender el tablero que impuso la era del capitalismo de vigilancia. Cuando integremos estos conceptos al conocimiento del terapeuta, este podrá ver cómo este modelo de negocio modifica las vidas de las personas en función del mercado. Al verlo, podrá hacer algo nuevo y urgente: ayudar a las personas a identificar ese ataque silencioso que fuerza adaptaciones ocupacionales en función del mercado, y así darles las herramientas para romper el asedio y recuperar una soberanía inquebrantable sobre su propia autonomía.

No le estoy pidiendo a la disciplina que se reinvente desde cero. Le estoy pidiendo que haga, frente a este nuevo poder, exactamente lo que siempre ha hecho: defender el derecho de las personas a una vida que sea de verdad suya.

La pregunta que queda

Acá quiero dejar fuera cualquier cargo, título o profesión que te defina para hablarte de persona a persona, seas terapeuta o no, porque al final esto nos impacta a todos por igual.

La terapia ocupacional existe para defender tu derecho a participar en las ocupaciones que te dan sentido. Pero siempre hemos asumido un supuesto que ya no podemos dar por seguro, el cual consiste en que las ocupaciones que eliges, los intereses que sientes como tuyos, la volición que te mueve, nacen de ti. Entonces ¿qué pasa si una parte de eso ya no es tuya? ¿Y si algunos de los deseos que hoy sientes con más fuerza fueron, sin que lo supieras, cultivados en ti por un sistema que necesitaba venderte algo?

No te lo pregunto para que te sientas perdido. Te lo pregunto porque darse cuenta es el primer acto de libertad.

Esa sorpresa que te hace detenerte, la que causa duda, la que te hace preguntarte si lo que deseas es de verdad tuyo, es ahí donde se pueden visualizar las cadenas de esta era del capitalismo de vigilancia. Esa pausa, ese pequeño no, es el comienzo de la soberanía sobre nuestra propia autonomía y es necesario que nos contagiemos de ese sentimiento, donde debemos volver a sorprendernos, no habituarnos a la indignación y no hacer nada al respecto, sentir que lo inevitable sí se puede detener, pero para lograrlo debemos unirnos, rompiendo el cristal transparente que nos divide.

Te dejo entonces con la única pregunta que importa, la misma que me hago yo, todos los días, mirando el aparato que llevo en el bolsillo:

De todo lo que hoy deseas, ¿cuánto elegiste tú?