Hay una idea de Byung-Chul Han que me detuvo en seco mientras leía La sociedad del cansancio. Han dice que el paradigma de la explotación cambió. Antes existía un afuera que nos obligaba: el patrón, la institución, la norma, la figura visible del que manda. Esa era la sociedad disciplinaria, la de la prohibición y el deber. Esa figura, dice Han, fue reemplazada.

Hoy ya no hace falta un verdugo externo, porque cada uno de nosotros se convirtió en el suyo propio. El sistema actual no funciona con la palabra debes, funciona con la palabra puedes. Como todo se presenta como posible, si no lo logramos, la culpa es nuestra y solo nuestra.

El rol de verdugo se transfirió a nuestra propia mente. Nos explotamos a nosotros mismos, y lo hacemos creyendo que somos libres. Esa es la trampa. Quiero contar, desde mi propia experiencia, cómo funciona, porque la viví, la observé, e incluso intenté ponerla a prueba.

Una historia que recordamos y que conviene volver a contar

No siempre fue así. Quienes vivimos los primeros años de las redes sociales recordamos un espacio bastante distinto al actual. Era todo más improvisado, más torpe, más libre en cierto sentido. La gente publicaba lo que se le ocurría, había bromas que duraban meses, tendencias absurdas que circulaban entre todos, conversaciones que parecían continuar en línea lo que pasaba en la vida fuera de la pantalla. No había un sistema sofisticado detrás, o si lo había, no se notaba todavía.

Después llegó la publicidad. Primero tímida, casi pidiendo permiso. Después insistente. Después invasiva. En algún momento de los últimos años, especialmente desde 2020 en adelante, todo se aceleró y se perfeccionó de una manera que muchos sentimos pero pocos supimos nombrar. Hoy la publicidad ya no aparece después de que hablamos de algo, aparece antes, como si los sistemas hubiesen aprendido a anticipar lo que vamos a buscar, lo que vamos a desear, lo que vamos a temer. Cada conversación, cada video que retenemos un segundo de más, cada gesto cotidiano se traduce casi instantáneamente en un estímulo personalizado que vuelve hacia nosotros con una precisión inquietante.

El espacio que era ruidoso y banal se volvió masivo y, paradójicamente, más banal todavía. La atención se redujo a un instante. Eso, que parece un detalle técnico, en realidad cambió cómo funcionamos como sociedad.

El algoritmo no te vende. Primero te hiere

La forma más concreta en que vi operar este mecanismo fue a través de las redes sociales, y conviene describirla paso a paso, porque es una maquinaria precisa.

Cuando terminé una certificación en ciberseguridad, las plataformas empezaron a mostrarme un tipo muy específico de contenido. Influencers del rubro con autos de lujo, trabajando de forma remota desde lugares paradisíacos, mostrando una vida de éxito absoluto. Al principio uno mira eso y siente aspiración, deseo, una meta. Hubo un momento, sin embargo, en que me dije algo que cambió cómo entiendo todo esto: si esto me llega de forma tan masiva, es porque todos lo están recibiendo, y yo soy exactamente el público objetivo de esta operación.

Esa fue la primera fase: la seducción. Mostrarme un paraíso para instalar un deseo. La operación no termina ahí. Al tiempo, el contenido cambió. Empezaron a aparecer influencers diciendo que la certificación que yo había hecho no servía para nada, que existían otras mucho mejores, que con esa no iba a llegar a ningún lado. El sistema primero me mostró el paraíso y después me dijo que mi boleto de entrada era inválido.

El algoritmo no te vende algo directamente: primero te hiere. Toma algo que te importa, algo personal, y te muestra contenido que despierta tu inseguridad sobre eso. No te vendieron un producto. Te fabricaron una herida y después te vendieron la cura.

En mi caso, esa operación no funcionó del todo, y conviene decir por qué. No funcionó porque yo tenía algo que el algoritmo no podía borrar: sabía, por experiencia propia, que esa certificación sí me había servido, que con ella había construido habilidades reales que antes no tenía. La experiencia vivida fue mi defensa contra la narrativa fabricada. Esa defensa, sin embargo, no la tiene todo el mundo, y el sistema lo sabe.

Cuando dejas de ser rentable, el sistema ataca

Quise ir más lejos y poner el mecanismo a prueba. Intenté hacer lo que en términos técnicos se llama envenenamiento de datos: mantener mi comportamiento deliberadamente disperso e inconsistente para que el algoritmo no pudiera construir un perfil limpio de mí y, por lo tanto, no pudiera venderme nada. Le daba señales contradictorias. Veía completo lo que en teoría no me interesaba y me saltaba lo que el sistema sabía que me gustaba.

Lo que descubrí fue revelador, y es la mejor prueba que tengo de todo lo que escribo acá. El algoritmo, al verse privado de su capacidad de perfilarme y venderme, no se rindió. Escaló. Cuando escaló, no me ofreció más contenido, me atacó. No atacó en cualquier punto. Fue directo al lugar más íntimo y más vulnerable que tenía registrado de mí, una relación significativa, y me mostró contenido diseñado para despertar exactamente esa melancolía. Funcionó. Me detuve. El experimento falló, no porque fallara la técnica, sino porque el sistema encontró una herida emocional y la usó como palanca.

Eso es lo que conviene entender. Estas plataformas no son neutrales y no son solo molestas. Nos conocen en profundidad, y cuando dejamos de serles rentables, están dispuestas a usar lo que saben sobre nuestro dolor en contra nuestra. No lo deduje de un libro. Lo comprobé haciendo un experimento sobre mí mismo.

Un catálogo de ataques contra tu atención

Mientras escribía estas ideas, ocurrió algo en el mundo real que las confirmó y que me empujó a estudiarlas en serio. El 8 de mayo de 2026, Meta eliminó el cifrado de extremo a extremo de los mensajes directos de Instagram. La función existía desde 2023, era opcional, y la empresa la quitó. Su justificación fue que muy poca gente la usaba. Lo que la empresa no dijo con la misma claridad es que esa función nunca estuvo activada por defecto, nunca fue anunciada a los usuarios, y había que buscarla enterrada en la configuración de cada conversación. Meta diseñó las condiciones de la baja adopción y después usó esa baja adopción como argumento para eliminar la protección. Es un razonamiento circular, y conviene nombrarlo así.

Lo primero que pensé al enterarme fue concreto y personal: que mis conversaciones más íntimas, las que tengo con las personas que quiero, quedaban desde ese momento expuestas. Expuestas a una posible filtración de datos, a la posibilidad de ser usadas para entrenar inteligencia artificial, a que un sistema automatizado pudiera afinar todavía más sus formas de capturarme.

Después de la reacción vino otra cosa, y es la que me parece que vale la pena contar. Yo siempre he sentido un pesar difuso, la sensación de que hay algo que está mal en el mundo, y de que ese algo no son las personas sino la estructura en la que vivimos. Soy una persona dispersa, me cuesta construir solo un diagnóstico preciso de la sociedad. Hay otros, en cambio, que describen este mundo con una exactitud que me permite darle forma a ese pesar. Leerlos me permite tomar mis ideas dispersas y convertirlas en problemas bien planteados, y desde ahí proponer soluciones. Por eso esta noticia, en lugar de dejarme solo indignado, me mandó a los libros. Frente a una noticia diseñada para indignarte, una de las respuestas más libres que existen es ir a entenderla en profundidad, en vez de quedarte en la reacción que el sistema espera de ti.

Lo que entendí, cruzando lo que leía con lo que sé por mi trabajo, lo voy a explicar con una herramienta de mi oficio.

En ciberseguridad existe un marco llamado MITRE ATT&CK. Es ampliamente usado porque documenta, con mucha precisión, el comportamiento de los atacantes frente a los sistemas. Describe cómo los actores de amenaza ejecutan cada fase de sus ataques. Funciona como un informe de inteligencia que les permite a los equipos de defensa visualizar dónde están sus vulnerabilidades y cómo podrían ser explotadas. Es, en el fondo, un catálogo ordenado de técnicas de ataque.

Lo que vengo pensando es que las plataformas digitales construyen, sobre cada uno de nosotros, algo equivalente: un catálogo sistemático de técnicas para capturar nuestra atención. Un MITRE ATT&CK de la atención.

Esto lo vi con claridad cuando hice el experimento que conté antes, el de volverme un perfil disperso. Lo interesante no fue ver cómo el algoritmo ataca, sino cómo se defiende. Para el sistema, una persona que se vuelve ilegible es una amenaza a su rentabilidad, y responde con un procedimiento. Igual que en un centro de operaciones de seguridad se siguen pasos documentados para enfrentar una amenaza conocida, el algoritmo sabe qué movimientos hacer. Primero una táctica suave: mostrarte todo lo que sabe que te gusta, para recapturarte. Si esa táctica falla, ejecuta lo que en seguridad se llama un payload, la carga que ejecuta la acción decisiva. Un golpe contundente y dirigido. En mi caso, ese payload fue el contenido apuntado a una herida emocional concreta. La persona que intenta recuperar su autonomía es tratada, desde la lógica del sistema, como un incidente que hay que neutralizar.

Acá es donde la remoción del cifrado se vuelve grave. Hasta ahora, ese catálogo de ataques contra la atención se construía a partir de nuestro comportamiento observable: lo que mirábamos, lo que nos detenía, lo que compartíamos. El sistema intuía nuestras heridas a partir de nuestra conducta. Los mensajes privados, mientras estaban cifrados, eran la última zona ciega, el último lugar donde lo que decíamos no alimentaba nuestro propio perfil.

Con el cifrado eliminado, esa zona ciega desaparece. El sistema ya no tiene que intuir lo que nos afecta, lo va a saber con nuestras propias palabras. Va a conocer nuestros dolores, nuestros deseos, quién nos gusta, quién nos cae mal, de qué tenemos miedo. Con esa información, las consecuencias posibles son serias: manipulación más precisa, capacidad de desarticular movimientos sociales antes de que se concreten, más polarización de las comunidades, y un cansancio individual más profundo, porque los ataques a nuestra atención van a estar mejor dirigidos que nunca. La puerta que esta decisión deja abierta es incluso mayor: que en el futuro algo escrito en una conversación íntima pueda usarse para generar, con inteligencia artificial, contenido inmediato y a medida, diseñado para capturarte de forma permanente y acelerar sin límite ese consumo positivista del que habla todo este texto.

Quiero ser preciso, porque es importante. Que el sistema pueda hacer todo esto es una posibilidad técnica que la decisión de Meta abre, no necesariamente algo que ya esté ocurriendo de una forma confirmada. Es, sin embargo, exactamente la dirección hacia donde apuntan las piezas que ya están sobre la mesa, y conviene problematizarlo ahora, no cuando ya sea irreversible.

¿Qué se puede hacer? En lo inmediato hay un gesto sencillo: mover las conversaciones privadas a aplicaciones con cifrado de extremo a extremo real. Signal es la opción más sólida, porque cifra todo por defecto. Telegram protege solo sus chats secretos, que hay que activar manualmente, así que no sirve si uno no toma ese recaudo. Mover lo íntimo a un lugar cifrado es un primer paso posible para casi cualquier persona. El gesto individual, sin embargo, no alcanza, y el resto de este texto trata justamente de por qué.

El positivismo no le habla a una persona real

Hay algo profundamente injusto en el discurso de que todo es posible y todo depende de ti. Para verlo hay que mirar a quién le habla ese discurso.

Le habla a todos como si todos partieran del mismo lugar, y no es así. El positivismo no considera los determinantes sociales de la salud. No considera el contexto económico de cada persona, su cultura, su género, su orientación sexual, las redes de apoyo que tiene o que no tiene. Le dice lo mismo, puedes con todo, a quien parte con recursos y a quien parte con nada.

Pensemos en el caso más concreto: la narrativa universitaria. Se vende la idea de que ser profesional asegura el futuro. Personas de contextos sin recursos se endeudan entonces para estudiar, convencidas de que el título es la garantía. Se encuentran después con un mercado saturado, donde además los contactos pesan tanto como el mérito. La deuda queda. La garantía no era garantía. Lo que es peor, el mismo discurso que las empujó a endeudarse les dice después que si no les fue bien es porque no se esforzaron lo suficiente.

Quiero decir algo desde mi formación previa, porque acá es donde se ve la cara más cruel de todo esto. Las personas que parten en desventaja real se autoexplotan de forma mortal para alcanzar la autorrealización que el sistema les prometió. Hay un escalón todavía más abajo, sin embargo, que casi nadie nombra: hay personas que ni siquiera tienen los recursos para autoexplotarse, que no pueden ni entrar al juego del rendimiento.

Esas personas quedan en una condición que solo se puede describir de una manera: demasiado vitales para morir y demasiado muertas para vivir.

Pienso en las personas en situación de discapacidad, algunas con afecciones congénitas. Cuando alguien no puede desarrollar sus ocupaciones, las actividades que dan estructura y sentido a la vida, su salud mental ya está bajo presión. Si encima vive en un mundo que insiste en que todo se puede y todo depende de uno, recibe un doble daño: el de la limitación real y el de la culpa fabricada por no superar esa limitación. El sistema en el que vivimos perpetúa esa injusticia. La pobreza profundiza la discapacidad, el positivismo destruye la moral, y las dos cosas juntas deterioran la salud mental de las personas. Eso no es un destino individual. Es una estructura.

Lo que aprendí escapando de una jaula hacia otra

No hablo de esto desde afuera. Lo viví.

Durante gran parte de mi vida llevé ese peso en los hombros. De niño intentaba ser el mejor, porque a los que les iba bien eran siempre el ejemplo a seguir. Me forzaba a ser bueno en cosas para las que no tengo talento natural, algo que solo genera frustración, inseguridad y una mala imagen de uno mismo. Hubo un punto en que dejé de pelear contra esa imagen del ejemplar. Empecé a aprovechar y maximizar lo que sí se me da, y lo que no, simplemente lo puse en una prioridad más baja. Lo llamo modo supervivencia: hacer lo mínimo necesario en lo que no me corresponde ni me nutre. Eso, aunque suene contradictorio, me salvó de la autoexplotación.

El camino, sin embargo, no fue limpio. Cuando reprobé en cuarto año de universidad un examen que decidía mi paso al internado, mi mundo se derrumbó. Sentí que un año entero de trabajo había sido invisibilizado, que mi esfuerzo no había sido recompensado. Mientras veía a mis compañeras concretar el éxito que yo no había alcanzado, empecé a buscar otra cosa. Conocí a alguien que había cambiado de rumbo hacia la programación, investigué mis posibilidades, y decidí que mi camino no estaba en la terapia ocupacional, que tenía que ser algo más grande, algo que me permitiera sostenerme y vivir con comodidad. Idealicé una vida. Me cambié a la ciberseguridad atraído por su flexibilidad y sus posibilidades infinitas.

Acá está la lección más importante que saqué, la que conecta con Han de la forma más directa. Yo había rechazado el sistema universitario porque lo sentía como una jaula, como una prisión. Quería ser libre. Corrí, sin embargo, hacia otra jaula. Caí en la falsa libertad de una vida idealizada. Pasé de una explotación impuesta desde afuera a una autoexplotación elegida desde adentro, y al principio la segunda se sintió como liberación. Esa es exactamente la trampa que describe Han. Escapar de una jaula visible no es ser libre, si uno corre hacia una jaula invisible que se siente como un sueño propio.

Mi momento de mayor autoexplotación, conviene decirlo con claridad, fue cuando tenía deudas. No me autoexplotaba solo porque había interiorizado un mandato, me autoexplotaba porque debía dinero, y la deuda es un mecanismo material que te tiene agarrado. Ahí decidí que mi vida tenía que cambiar.

No digo que perdí. Durante mucho tiempo me lo dije así, sentía que había perdido en los estudios, en lo laboral, en todo. Esa frase, sin embargo, es la voz del sujeto de rendimiento hablando dentro de uno. La verdad es otra. Atravesé pérdidas reales y construí algo a partir de ellas. Encontré una salida que no era ni la jaula universitaria ni la fantasía idealizada: la integración de mis dos formaciones, juntar dos mundos, ponerle límites a mi imaginación y enfocarme en lo que mejor se me da. Perder es parte del proceso de aprendizaje, no el fracaso final que el positivismo nos hace creer que es.

El cansancio que une en lugar de aislar

Han describe el cansancio del sujeto de rendimiento como un cansancio solitario, un cansancio que aísla, que separa, que deja a cada uno encerrado con su propia culpa. Existe, sin embargo, otro tipo de cansancio, y lo viví con claridad en un viaje.

Caminé sesenta kilómetros por las montañas de la Región del Maule, en el Cajón del Achibueno, con mis mejores amigos. Durante el trayecto, cada cuerpo se cansaba a su manera. Algunos cargaban más peso, otros tenían más resistencia, todos distintos. Todos, sin embargo, compartíamos lo mismo: el ocio de detenernos a contemplar, el esfuerzo de resistir trayectos largos con peso encima, la relajación de disfrutar el río, el ritual de comer juntos.

En un momento, una persona del grupo empezó a sentir mucho dolor en una pierna. Nuestro objetivo era llegar a la laguna Achibueno, y el pensamiento positivista nos empujaba a seguir, a cumplir la meta cueste lo que cueste, a forzar nuestros cuerpos por sobre sus capacidades. Hicimos, sin embargo, algo distinto. Nos sentamos a pensar. Nos permitimos el negativismo, en el sentido que Han le da a esa palabra: la capacidad de detenerse, de dudar, de no obedecer ciegamente el mandato de rendir. Evaluamos nuestros recursos reales y decidimos no ir a la laguna que era nuestra meta original, sino a una más cercana. Disfrutamos. Nos permitimos estar cansados.

Cuando volvimos, el cansancio era tan brutal que quedamos completamente impedidos de hacer cualquier cosa. Ese cansancio no fue un fracaso, fue el cansancio bueno. El que no aísla sino que une, porque viene de algo vivido en común. El que no produce culpa sino satisfacción, porque se disfruta lo logrado y lo compartido. Ese cansancio colectivo es la respuesta concreta al cansancio solitario que diagnostica Han. No es una idea abstracta, tiene un lugar. Para mí se llama Achibueno.

Cómo se empieza a soltar

Si alguien atrapado en el positivismo me preguntara por dónde empezar, le diría dos cosas concretas.

La primera es recuperar la capacidad de decir que no. A veces, simplemente, no tienes ganas de hacer algo, y la respuesta correcta es no hacerlo. Decir siempre que sí, sobre todo a figuras que te explotan, construye una relación de abuso permanente, porque el que explota se aprovecha de tu dificultad para negarte, te pone en situaciones incómodas para obtener lo que quiere. Es, exactamente, el mismo comportamiento del algoritmo: detecta tu vulnerabilidad y la usa. La capacidad de decir que no es la misma defensa contra el jefe abusivo y contra la plataforma que te captura.

La segunda es identificar lo que se te da con naturalidad y con goce, lo que disfrutas aprender. Cuando sabes cuál es ese terreno, puedes enfocar ahí tu energía real y poner en modo supervivencia lo que tienes que hacer pero no puedes abandonar. Eso te libera de la exigencia imposible de ser, en todos los frentes a la vez, la mejor versión que el sistema reclama.

La libertad se ejerce todos los días

Escribí antes que las personas deben ser libres mediante la política, y quiero precisar qué significa eso, porque no hablo solo de elecciones ni de instituciones.

Todas las decisiones que tomamos en el día a día son actos políticos. Una persona que elige no comprar en cierto supermercado porque no está de acuerdo con su modelo está haciendo un acto político. Una persona que decide dejar de comer animales, porque no acepta la mercantilización de la vida de otras especies, está desafiando un discurso y un sistema económico dominante. Negarse a entregar los propios datos, desinstalar una red social, son actos políticos. El ser humano es un animal político, y lo es en lo cotidiano, no solo cada cierto tiempo en una urna.

Esos actos cotidianos no se quedan ahí. Son los que obligan, con el tiempo, a que los representantes políticos tomen medidas concordantes con las vivencias reales de la gente. Cuando la clase política no logra interpretar las injusticias que la gente vive, es un derecho de la comunidad organizarse y manifestar su punto de vista para conseguir cambios estructurales que beneficien a todos. La acción cotidiana es la base, la transformación estructural es su consecuencia. No se oponen, se necesitan.

Acá quiero detenerme, porque el malestar del que habla todo este texto no es una metáfora literaria. Tiene una traducción concreta y medible en mi país. Según un documento de trabajo de la Superintendencia de Salud de Chile, de 2025, la depresión es, por márgenes amplísimos, el trastorno mental de mayor demanda de atención en el sistema GES: de cada diez casos tratados por trastornos mentales bajo esa cobertura, casi nueve son por depresión, una proporción que se repite tanto en el sistema público como en el privado. Hay además un dato que conviene mirar de cerca. En el sistema público, los casos nuevos de depresión venían bajando año a año durante toda la década previa. Esa tendencia se invirtió a partir de 2020. Desde la pandemia, los casos nuevos crecen.

No voy a afirmar que las redes sociales, por sí solas, causaron ese cambio. La pandemia trajo encierro, pérdidas, crisis económica, aislamiento, muchos factores a la vez. Sí quiero señalar un hecho: el malestar psíquico colectivo de mi país tiene un punto de quiebre documentado, y ese punto coincide con el momento en que la vida se trasladó de forma masiva y acelerada a las pantallas. A eso se suma que las listas de espera para atención por depresión en el sistema público no han dejado de crecer, y que la mayoría de quienes esperan lo hacen por más de tres meses. Hay un malestar que aumenta y un sistema que no alcanza a contenerlo.

El positivismo que nos hace creer que el cansancio es culpa nuestra no es un asunto privado de cada persona que se deprime. Es un fenómeno con cifras, con tendencia y con fecha. Es un problema de salud pública. Enfrentarlo, regular las estructuras que lo alimentan y garantizar la atención de quienes ya cayeron es un deber que el Estado no puede seguir aplazando.

Volver a hacer del mundo un hogar

Retomando a Han, creo que la tarea de fondo es convertir este mundo de mercancías, otra vez, en un hogar. Para empezar a hacerlo hay que volver habitable el lugar donde hoy pasamos gran parte de nuestra vida, que es internet. Hay que liberarse de la falsa libertad, esa que se siente como elección propia pero que en realidad es un mandato interiorizado.

Los festivales, los rituales, todo acto cultural que no pase por la lógica comercial, son actos de libertad. Son capaces de reunir a mucha gente para que goce y habite un espacio en común, para que sienta pertenencia a un colectivo. Recuperar el tiempo libre, el ocio, los tejidos sociales. Convertir nuestro trabajo y nuestro cansancio en algo compartido, donde podamos contar nuestras vivencias y construir, juntos, narrativas con sentido y significado.

El cansancio que sientes no es culpa tuya. No es una falla personal. Es el efecto previsible de un sistema diseñado para que te explotes a ti mismo creyendo que eres libre.

La salida no es individual, no es esforzarse más ni optimizarse mejor. La salida es colectiva, es cuidada, y empieza con un gesto pequeño y profundamente político: detenerse, dudar, elegir.

Es libre el que cuestiona. Es libre el que se niega a hacer, ya sea por convicción o por la causa que sea. Esa negativa, esa pausa, ese no, son el comienzo de recuperar la soberanía sobre la propia mente.