En terapia ocupacional aprendí algo que probablemente nunca pensé que aplicaría a la seguridad digital: que las personas no usamos las cosas, las habitamos. Hay una diferencia importante entre ambas palabras. Usar implica una relación instrumental, distante, casi clínica. Habitar implica que el entorno, las herramientas y los objetos forman parte de quiénes somos, de cómo nos movemos por el mundo, de cómo construimos nuestra vida cotidiana.

La terapia ocupacional estudia esa relación. Estudia cómo las personas, con sus capacidades únicas, en sus contextos particulares, realizan las actividades que dan forma y sentido a sus días. Hablamos de áreas de la ocupación que cubren desde las actividades más básicas, como vestirse, alimentarse o desplazarse, hasta las más complejas, como el trabajo, la educación, el cuidado de otros, la participación en una comunidad, el descanso, el juego. Cada persona habita esas áreas de manera distinta, porque cada persona es distinta. Esa fue la primera enseñanza profunda que me llevé de mi formación: no hay una forma correcta de hacer las cosas, hay muchas formas humanas, cada una con su lógica.

Pero hay algo que cambió en las últimas décadas y que la disciplina todavía está empezando a procesar. Hoy todas las personas vivimos en dos mundos al mismo tiempo. Uno físico, el de siempre, el que tocamos y olemos y sentimos en el cuerpo. Y otro digital, que está ahí aunque no lo veamos ni lo toquemos, presente en cada bolsillo, en cada pantalla, en cada conexión. Y la mayoría de nosotros pasamos cada vez más horas habitando el segundo sin haber sido formados nunca para entenderlo.

Una historia que recordamos y que conviene volver a contar

No siempre fue así. Quienes vivimos los primeros años de las redes sociales recordamos un espacio bastante distinto al actual. Era todo más improvisado, más torpe, más libre en cierto sentido. La gente publicaba lo que se le ocurría, había bromas que duraban meses, tendencias absurdas que circulaban entre todos, fotos sin edición, conversaciones que parecían continuar en línea lo que pasaba en la vida fuera de la pantalla. No había un sistema sofisticado detrás. O si lo había, no se notaba todavía.

Después llegó la publicidad. Primero tímida, casi pidiendo permiso. Después insistente. Después invasiva. Y en algún momento de los últimos años, especialmente desde 2020 en adelante, todo se aceleró y se perfeccionó de una manera que muchos sentimos pero pocos supimos nombrar. Hoy la publicidad ya no aparece después de que hablamos de algo. Aparece antes. Como si los sistemas hubiesen aprendido a anticipar lo que vamos a buscar, lo que vamos a desear, lo que vamos a temer. Cada conversación, cada video que retenemos un segundo más, cada gesto cotidiano se traduce casi instantáneamente en un estímulo personalizado que vuelve hacia nosotros con una precisión inquietante.

El espacio que era ruidoso y banal se volvió masivo y, paradójicamente, más banal todavía. La atención se redujo a un instante. Y eso, que parece un detalle técnico, en realidad cambió cómo funcionamos como sociedad.

Lo que el cerebro hace, y lo que el dispositivo hace en paralelo

Cuando caminamos por una calle conocida, nuestro cerebro recibe miles de estímulos del entorno. La luz, los sonidos, los olores, las personas que pasan, los obstáculos en la vereda. Procesamos esa información a una velocidad que nos parece natural, tomamos decisiones, ajustamos el paso, evitamos un charco, saludamos a alguien. Es una operación tan integrada en nuestra experiencia que ni siquiera la notamos. Habitamos ese entorno físico con un cuerpo que evolucionó durante millones de años para hacer exactamente eso.

En paralelo, mientras caminamos, hay otra cosa ocurriendo. El dispositivo que llevamos en el bolsillo está realizando su propia operación de captura. Está registrando la ubicación, la velocidad de desplazamiento, las redes que detecta, los dispositivos cercanos. Está midiendo cuánto tiempo pasamos en cada lugar. Si lo sacamos para responder un mensaje, registra a quién le escribimos, en qué horario, durante cuánto tiempo. Si abrimos una aplicación, registra qué hicimos en ella, dónde tocamos, qué nos detuvo más tiempo, qué pasamos rápido.

Esa información no se queda en el dispositivo. Viaja. Va a servidores que no controlamos, en lugares que no conocemos, donde se cruza con la información que dejamos otras veces, en otros lugares, con otras personas. Y en algún momento, el resultado de ese cruce vuelve a nosotros en forma de estímulo. Un anuncio que parece leernos la mente. Una sugerencia de contenido que nos retiene una hora más de lo que pensábamos quedarnos. Una notificación en el momento exacto en que somos más vulnerables a abrirla.

Mientras nuestro cerebro habita el mundo procesando estímulos, hay un sistema que habita nuestros datos procesando nuestra vida.

Una pregunta que parece simple

¿Cuántas veces miraste tu teléfono hoy? ¿Cuántas horas pasaste en el mundo digital esta semana? Si respondes con honestidad, probablemente la cifra te sorprenda. Y si no respondes con honestidad, basta con abrir la pantalla del propio dispositivo, donde casi todos guardan ese registro, para verlo.

La pregunta no es moral. No estoy aquí para decir que pasamos demasiado tiempo conectados, ni para invitar a una desconexión heroica que nadie va a sostener. La pregunta es ocupacional, en el sentido técnico de la palabra. Porque si pasamos cinco, seis, ocho horas al día interactuando con dispositivos digitales, eso ya no es una actividad menor de nuestra vida. Eso es una de nuestras ocupaciones principales. Tan estructural como dormir, trabajar o comer.

Y sin embargo, casi nadie nos formó para esa ocupación. Aprendimos a leer en la escuela, aprendimos a manejar bicicleta, aprendimos a cocinar de algún modo. Pero la mayoría de nosotros estamos habitando el mundo digital con una mezcla de intuición, costumbre y rendición. Hacemos clic donde nos parece. Aceptamos lo que aparece. Asumimos que las cosas funcionan de una manera que en realidad no entendemos del todo.

Lo que se rompió por dentro

Yo lo noto en mí mismo, así que voy a empezar por ahí. Antes de la pandemia participaba con regularidad en movimientos sociales, exponía en espacios colectivos, hablaba con cierta seguridad sobre lo que pensaba. Después de la pandemia algo se desarticuló. Más inseguridad, atención más corta, muchas más horas frente a la pantalla, conversaciones que antes me hubieran resultado naturales y que ahora me cuestan. No soy el único. Si miro a mi alrededor, veo el mismo patrón en mucha gente. Personas que tenían voz pública y se replegaron. Movimientos que estaban activos y se apagaron de un día para otro. Corrientes de pensamiento crítico y voces científicas que se fragmentaron sin que nos diéramos cuenta.

En paralelo, ocurrió algo curioso. Quienes piensan distinto a nosotros parecen estar perfectamente alineados, coordinados, organizados. Como si cada quien que recorre cierto camino político recibiera un guion compartido que hace que sus argumentos, sus enojos, sus blancos preferidos coincidan con asombrosa precisión. Mientras tanto, quienes piensan como nosotros estamos dispersos, agotados, minimizados. La asimetría no es casual. Hubo inversiones de miles de millones para capitalizar las redes sociales, aplanar el pensamiento crítico y unificar un discurso que se volvió cada vez más agresivo y cada vez menos flexible a la crítica. Toda la maquinaria de propaganda masiva quedó disponible para el mejor postor. Y las organizaciones que cuidan causas que importan, las que protegen territorios, derechos, ciencia, comunidades, quedaron expuestas a ataques de odio coordinados que antes simplemente no existían a esta escala.

Hay otra cosa que también notamos en el día a día y que conviene nombrar. La gente se volvió impaciente de una manera nueva. Quiere todo instantáneo, al segundo, sin esperar. Y cuando algo no aparece de inmediato, aparece la irritabilidad, el enojo, la sensación de que algo está mal. Eso no es un rasgo de carácter colectivo. Es la consecuencia neurológica de años de entrenamiento con sistemas de recompensa intermitente que enseñaron al cerebro a esperar gratificación inmediata. Estamos viendo, en el comportamiento social cotidiano, el efecto de un cambio que ocurrió a nivel del sistema nervioso, sin consentimiento informado de nadie.

El mecanismo, en lenguaje claro

Conviene decirlo directamente para que no quede como acusación ni como conspiración. Lo que las plataformas hacen con nuestra atención es un caso de manual de condicionamiento. Cuando alguien entra a una red social y recibe una dosis de validación, de indignación compartida, de identidad de grupo, está recibiendo una recompensa que el cerebro asocia con esa experiencia. La recompensa no llega siempre, llega de manera intermitente, que es precisamente el patrón más eficaz para crear hábitos que después cuesta romper. Después de meses, años, el pensamiento propio se vuelve costoso, porque no produce esa misma recompensa. La adhesión al grupo sí. El pensamiento crítico se atrofia, no porque la persona sea menos inteligente, sino porque el ambiente dejó de premiar pensar.

Lo que vemos cada día en redes no es estupidez, no es maldad, no es pereza individual. Es ingeniería del comportamiento aplicada a millones de personas que nunca consintieron a ese experimento.

Y ver el problema con esta claridad es indispensable para responder bien.

Habitar lo digital con autonomía

En terapia ocupacional usamos una palabra que define el objetivo último de toda intervención: autonomía. Que la persona pueda hacer su vida con la mayor independencia posible, en sus propios términos, según sus propias decisiones. La autonomía no es un estado. Es una capacidad que se construye con información, con práctica, con confianza.

Yo creo que necesitamos exactamente eso para el mundo digital. Una autonomía digital construida deliberadamente, con conciencia, con herramientas accesibles. No la fantasía de desconectarse del todo, que para la mayoría de las personas hoy ni siquiera es viable. Tampoco la sumisión total a sistemas que no controlamos. Algo en el medio, más sereno, más realista. La capacidad de saber qué información estamos dejando, dónde, quién puede verla y para qué se usa. La capacidad de elegir qué aceptamos y qué no, sabiendo lo que estamos aceptando. La capacidad de identificar cuándo un estímulo digital busca capturarnos y cuándo busca servirnos.

Eso es el primer paso para protegernos. Y es también el primer paso para dejar de ser productos. Porque mientras no entendamos cómo funciona el sistema que habitamos, nuestra atención, nuestro tiempo y nuestros datos siguen siendo el producto que se vende a quienes sí entienden cómo funciona.

Lo que hay que enseñar, y lo que hay que reconstruir

Cuando hablo de educación digital no me refiero a un curso técnico ni a una capacitación de oficina. Hablo de cinco capas que se sostienen entre sí.

La primera es el contexto. Las personas necesitamos comprender los lugares donde vivimos, la historia de nuestros territorios, lo que pasó antes en el espacio que habitamos. Sin ese anclaje, todo lo digital nos ocurre en un vacío y se vuelve más fácil de manipular.

La segunda es la filosofía básica del condicionamiento. Saber que existen los mecanismos de recompensa, que existen los sesgos, que existen las técnicas para captar la atención. No para volverse paranoicos, sino para reconocerlas cuando operan sobre nosotros.

La tercera son los derechos y las ocupaciones. Saber qué nos corresponde como personas, qué actividades dan sentido a nuestra vida, cuáles estamos descuidando, cuáles fueron desplazadas por la pantalla.

La cuarta es el modelo de negocio de las redes sociales y cómo recompensan no pensar. Entender que hay una lógica económica detrás de cada estímulo, y que esa lógica trabaja en una dirección específica.

La quinta son estrategias concretas para identificar la fatiga digital, reconocer cuándo el algoritmo está intentando predecir y modelar el pensamiento, y tener herramientas para volver al cuerpo y a la presencia cuando eso ocurre.

Pero hay algo que ninguna educación, por buena que sea, resuelve por sí sola. Y es lo que más me preocupa. Las personas más afectadas por todo esto no van a ir a un curso. No van a leer un texto largo. No van a aceptar una conversación urgente sobre lo que les está pasando. Están agotadas, replegadas, irritables, y cualquier intento directo de movilizarlas las empuja más adentro de la pantalla. ¿Cómo se reconstruye, entonces, la unión cuando lo que está roto es exactamente la capacidad de prestar atención sostenida a algo que no genera recompensa inmediata?

Un proceso clínico aplicado a una herida social

En el Modelo de Ocupación Humana, que es uno de los marcos centrales de la terapia ocupacional contemporánea, existe un proceso llamado de remotivación. Está diseñado para personas que tienen nula participación en cualquier ocupación, personas tan replegadas que cualquier intento de empujarlas hacia la actividad fracasa. Lo que el proceso propone es, esencialmente, lo opuesto a lo que la intuición sugiere. No se empuja. No se convoca. No se diagnostica al ausente. Se observa qué pequeño resto de interés todavía está vivo en la persona. Se construye una invitación que conecte con eso. Se ofrece compañía sin imposición. Se está presente sin agenda. Y se confía en que la participación, cuando vuelve, vuelve más sólida que la que se forzó por discurso.

Cuando lo pienso aplicado a la situación social que describí antes, donde tantos de nosotros quedamos desarticulados después de la pandemia, me parece la única respuesta sensata. No podemos convocar con urgencia a quien quedó del lado del agotamiento. Hay que hacer otra cosa primero. Hay que identificar los lugares y las personas que esa persona ama, los espacios donde todavía aparece algo de vida en ella, y crear las condiciones para que la participación indirecta vuelva a sentirse posible, antes de pedir cualquier participación directa.

Yo lo viví en carne propia. Una vez una persona que apenas conocía me llevó a Valparaíso, a la antigua cárcel que hoy es un centro de memoria. No fuimos a hablar de política, ni a militar, ni a convocarme a nada. Hablamos de cualquier cosa por el camino. Cuando llegamos, dentro del lugar había organizaciones haciendo una olla común, con pancartas, con presencia tranquila, con todo lo que la vida colectiva tiene cuando está sana. Yo nunca había participado en espacios así. Pero me sentí, sin que nadie me lo pidiera, con esperanza y con seguridad. Había algo poético en ver un antiguo centro de tortura convertido en refugio para los movimientos. El espacio mismo, con su carga histórica, con la presencia de personas haciendo algo concreto por otros, hizo el trabajo que ningún discurso me hubiera podido hacer.

Esa experiencia es la que me ayudó a entender, mucho después, cómo se vería una pedagogía del cuidado aplicada a la reconstrucción del tejido social. No con campañas urgentes. No con responsabilizaciones moralistas. No con discursos que premian la pureza ideológica. Sino con la creación cuidadosa de espacios donde las personas que se replegaron puedan volver a sentir, sin que nadie las empuje, que participar tiene sentido. Identificar los lugares y las personas que aman. Acompañarlas hasta ahí. Estar presentes. Y dejar que el espacio hable.

La respuesta política, sin eufemismos

Lo que describí hasta acá apunta hacia dos niveles que se necesitan mutuamente. Uno es estructural y le corresponde a los Estados: regular firmemente los modelos de negocio extractivos que convirtieron nuestra atención en mercancía, defender públicamente la autonomía mental como derecho del siglo XXI, poner límites a la captura privada de las capacidades cognitivas de millones de personas. Esa regulación no va a llegar como regalo. Va a llegar solo si hay ciudadanía informada exigiéndola.

Y para que haya ciudadanía informada hace falta lo otro. Educación de base. Movimientos vivos. Unión real entre quienes resisten. Y todo eso necesita primero la pedagogía del cuidado de la que hablé antes, porque la mayoría de las personas a las que necesitamos sumar están agotadas, no movilizadas. No se las gana con consignas. Se las acompaña.

Las dos respuestas se necesitan. Sin regulación, la educación es insuficiente porque el ambiente sigue trabajando contra ella todos los días. Sin reconstrucción del tejido social, la regulación no llega porque nadie organizado la exige. Lo difícil es sostener ambas tareas al mismo tiempo, cuando los recursos están del otro lado y el cansancio está de este.

Lo que aprendí, y lo que vine a hacer

Cuando estudiaba ciencias de la ocupación, no pensaba que terminaría trabajando en ciberseguridad. Pensaba que iba a acompañar a personas en sus procesos de recuperación, en sus búsquedas de autonomía después de una lesión, una enfermedad, una circunstancia difícil. De alguna manera es lo que sigo haciendo. Solo que el contexto cambió, y la herramienta cambió, y la ocupación que necesita acompañamiento es una que prácticamente toda la humanidad descubrió de un día para otro sin manual de instrucciones.

Lo que aprendí en terapia ocupacional sobre cómo las personas habitan sus entornos sigue siendo el marco desde el que miro mi trabajo actual. La diferencia es que ahora ese entorno incluye, además del mundo físico, todo un mundo digital donde dejamos rastros constantes, donde otros toman decisiones sobre nosotros sin consultarnos, donde nuestra atención se subasta cada milisegundo, y donde la posibilidad misma de pensar en común está bajo presión sostenida.

Lo que vengo a hacer, con la mayor honestidad y con la mayor seriedad técnica de la que soy capaz, es ayudar a personas y organizaciones a habitar ese entorno con dignidad. A entenderlo, primero. A protegerse, después. A elegir, finalmente, qué tipo de relación quieren tener con un mundo que ya forma parte irreversible de su vida. Y, en paralelo, contribuir desde mi rincón a algo más grande, que es la reconstrucción de comunidades capaces de defender colectivamente lo que individualmente ya casi no se puede defender.

No vendo miedo. No vendo soluciones definitivas. No vendo paquetes de servicios cerrados que mantienen a las personas dependientes de un experto. Lo que ofrezco es algo más antiguo, más simple: el acompañamiento de alguien que estudió cómo las personas habitan los lugares, aplicado al lugar más nuevo y más extraño que hemos tenido que habitar como especie. Con la convicción, profundamente trabajada en mi formación previa, de que la autonomía se construye con cuidado, no con urgencia, que los movimientos sociales se reparan acompañando, no convocando.

Porque al final, la seguridad digital no es un problema de máquinas. Es un problema de personas que aprendieron a vivir en un mundo nuevo, y que merecen hacerlo con autonomía, con dignidad, con la posibilidad de pensar y reunirse libremente.

Es un problema de habitar. De eso, justamente, sé bastante.